Por P. Freddy Gerardo Ramírez Bolaños, CMF.

Ciudad de Panamá, Panamá
15-5-2026

     Los recientes Ejercicios Espirituales vividos por nuestra comunidad provincial, bajo la dirección del P. Salvador León, CMF, fueron una oportunidad pascual privilegiada para detenernos, orar y volver a contemplar el sentido profundo de nuestra vocación. Entre las diversas reflexiones compartidas, uno de los temas que atravesó con más fuerza las meditaciones fue el del cuidado, entendido como una dimensión esencial de la vida comunitaria y misionera.

La reflexión partía de una convicción sencilla pero profunda: la comunidad no se construye solamente con estructuras, normas o actividades, sino mediante relaciones humanas y espirituales marcadas por la atención al otro. Desde las palabras de san Pablo: “mire cada uno cómo construye”, se nos invitó a revisar cómo estamos edificando nuestra convivencia cotidiana.

     Una de las imágenes que iluminó los ejercicios fue la de los tres hombres que empujaban carretillas con ladrillos. Mientras uno veía únicamente una tarea pesada y otro simplemente un medio de subsistencia, el tercero afirmaba con orgullo: “estoy construyendo una catedral”. La diferencia estaba en el sentido dado al trabajo. También nuestra vida comunitaria puede reducirse a rutina o convertirse en una verdadera obra de Dios.

Desde esta perspectiva, el cuidado apareció como una práctica concreta del amor fraterno. Cuidar significa mirar al hermano con atención, interesarse sinceramente por su vida, acompañarlo en sus cansancios, alegrías y dificultades. Significa no vivir encerrados en nosotros mismos, sino crear espacios de cercanía, escucha y comunión.

La reflexión retomó la parábola del buen samaritano como modelo del cuidado cristiano. El samaritano no solo vio al hombre herido: se acercó, curó sus heridas, lo cargó y aseguró continuidad en la atención. Así también la vida comunitaria requiere un cuidado constante, delicado y responsable. No basta la buena intención; se necesita disponibilidad, sensibilidad y compromiso.

     Este cuidado se hace visible en pequeños gestos cotidianos: en la oración compartida, en la mesa común, en la escucha paciente, en el respeto mutuo, en la preocupación por el hermano enfermo o cansado, en la preparación seria de las asambleas y en el servicio sencillo de cada día. Se insistió también en que el cuidado vence muchas actitudes que deterioran la convivencia: la indiferencia, el aislamiento, el recelo, el individualismo y la falta de comunicación. Allí donde hay confianza y libertad, nace una comunidad más humana y evangélica.

En un mundo marcado tantas veces por la prisa y el desgaste de las relaciones, los Ejercicios Espirituales nos recordaron que cuidar es una forma concreta de evangelizar. Porque la misión no se sostiene solamente por el trabajo apostólico, sino también por la calidad fraterna de nuestras comunidades. Al final, cuidar al hermano es colaborar en la construcción de esa “catedral” espiritual que Dios sigue edificando en medio de nosotros.