Por: Higinio Bahé Motove, cmf.
Claretianum, Roma, Italia
21-5-2026

     Hablar de Bisila, es entrar en uno de los ámbitos donde el Evangelio y la cultura bubi se han encontrado sin romperse, fecundándose mutuamente. Su historia no nace de un sincretismo superficial, sino de un diálogo espiritual que permitió a un pueblo descubrir en María el cumplimiento de una intuición que llevaba siglos latiendo en su memoria religiosa: la presencia de una Gran Madre que sostiene la vida acompaña los ciclos de la tierra y protege a los hijos con ternura y autoridad. Ella es reflejo o mediación que permite al pueblo de Guinea Ecuatorial vislumbrar y comprender el amor materno y providente del único Dios.

Mucho antes de la llegada de los misioneros, los bubis concebían el universo como la unión fecunda de dos principios: el masculino, identificado con el Espíritu creador, y el femenino, la Gran Madre, fuente de fertilidad, protectora de mujeres y niños, guardiana de los ciclos agrícolas. Esta figura, presente bajo nombres diversos (Bisila, Urí, Vooba, Kibago, etc.), expresaba la convicción de que la vida brota de un principio materno que acompaña, nutre y modera incluso la justicia divina. En la “aldea de Dios”, según la tradición, su presencia impone silencio y respeto, porque era la mujer que sostiene el brazo derecho del Creador para moderar su justicia y vela por la armonía del universo.

     Cuando los Misioneros Claretianos llegaron a Bioko, supieron reconocer en esta intuición una preparación providencial para acoger a María. No destruyeron lo que encontraron, sino que lo escucharon con respeto. Comprendieron que la Gran Madre no era un obstáculo, sino un puente. Y así, poco a poco, el pueblo bubi descubrió en la Madre de Jesús el rostro pleno de aquella presencia femenina que ya veneraba en sus mitos, en sus ritos de fecundidad, en sus objetos sagrados y en sus relatos transmitidos por los ancianos.

El paso decisivo llegó en 1968, cuando los misioneros claretianos encargaron al escultor Modesto Gené una imagen de la Virgen con rasgos bubis, escarificaciones tradicionales y vestimenta local. Aquella escultura no fue un simple gesto estético, sino una proclamación teológica: María podía asumir la piel, la belleza y la dignidad de las mujeres de la cultura local. El Niño dormido a su espalda, sujetado con o por su manto, evocaba la forma africana de cargar a los hijos y recordaba la ternura del espíritu Ripecho, que amamantaba a los pequeños mientras sus madres trabajaban. Las pulseras y adornos hablaban de la dignidad de la Urí, la mujer principal que organiza la vida espiritual de la comunidad. El cruce de los brazos sobre el pecho evocaba su papel de intercesora que modera la justicia divina. Cada detalle era un puente entre la fe cristiana y la sensibilidad o cosmovisión espiritual bubi.

Durante la dictadura de Francisco Macías, cuando la Iglesia fue perseguida, el pueblo sometido, el culto religioso prohibido y los misioneros expulsados o encarcelados, la devoción a Bisila se convirtió en refugio. Privados de templos y sacramentos, los fieles, los pocos que permanecieron, se reunían en casas y bosques para rezar a la Madre que nunca abandona. La fe sobrevivió porque estaba encarnada en los símbolos más íntimos de la cultura. Lo que se hace cultura no puede ser destruido. La inculturación demostró entonces su fuerza: la fe que se siembra en la vida de un pueblo permanece incluso en los tiempos mayor prueba.

Con la recuperación de la libertad religiosa, Bisila volvió a ocupar su lugar en la vida pública. El 15 de agosto de 1987, Mons. Rafael María Nzé Abuy, claretiano y primer prelado guineo ecuatoriano, la entronizó como Patrona de la diócesis de Malabo, reconociendo oficialmente lo que el pueblo ya vivía desde hacía varias décadas. Y cuando en 2016 un temporal destruyó la talla original, el fervor popular impulsó la construcción de un nuevo santuario en el Pico Basilé, el más alto del país, coronado por una escultura monumental de once metros que domina la isla como una madre que vela desde lo alto por sus hijos.

     Hoy, Bisila sigue siendo un signo luminoso para la misión. Enseña que el Evangelio no llega para uniformar, sino para fecundar. Que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la eleva. Que la evangelización más fecunda es la que escucha, discierne y abraza. Que la belleza del arte puede ser un lenguaje teológico capaz de expresar lo que las palabras no alcanzan. Y que María, con el rostro de cada pueblo, sigue siendo puente, maestra y madre.

En la cima del Pico Basilé, su figura serena parece extender sobre la isla un manto de protección. No impone, no domina, no exige. Simplemente acompaña. Como una madre que conoce los caminos de la selva, los ritmos de la tierra, los nombres de sus hijos. Allí, en ese santuario que mira al mar, Bisila recuerda a todos que Dios puede hablar desde dentro de cada cultura, que la fe puede tener el color y la textura de cada pueblo, y que María, Madre de Dios y Madre nuestra, puede ser también Madre de Guinea Ecuatorial.