Monte Alverna, Ciudad de Panamá
13 de julio del 2026
Misioneros místicos para América: el carisma claretiano en el contexto americano
P. Rosendo Urrabazo, CMF
La ponencia parte de la investigación de la historiadora Debra Canter, quien estudió los archivos claretianos y publicó una obra sobre la presencia de los Misioneros Claretianos en Estados Unidos. Aunque el expositor reconoce que ningún libro puede abarcar toda la riqueza del carisma, valora que la autora identifica con claridad el espíritu que ha caracterizado a la Congregación.
Su tesis principal es que los claretianos no llegaron a Estados Unidos para crear un “ministerio latino”, sino para responder, como enviados por el Espíritu, a las necesidades concretas del Pueblo de Dios. La atención a las comunidades hispanas fue una consecuencia histórica de la fidelidad al carisma, no una definición exclusiva de la identidad claretiana.
Un carisma que nace del envío
El expositor recordó que para san Antonio María Claret la identidad del misionero consiste, ante todo, en ser enviado. El apostolado no se reduce a predicar, sino a vivir en obediencia al Espíritu, discerniendo la voluntad de Dios a través de la Iglesia.
Esta comprensión explica decisiones fundamentales en la vida del Fundador, como aceptar el episcopado en Cuba o el servicio como confesor de la reina de España, aun cuando esas misiones no coincidían con sus preferencias personales.
La obediencia aparece así no como una limitación, sino como la forma concreta de vivir la libertad apostólica.
América: una viña joven
Desde sus primeras cartas, Claret comprendió que América no podía evangelizarse repitiendo modelos europeos. La definía como una “viña joven”, llena de posibilidades y necesitada de métodos nuevos.
Esta intuición marcó toda la expansión misionera de la Congregación en el continente.

México: la puerta de entrada
La presencia claretiana en México constituyó un momento decisivo para la Congregación en América.
Desde Toluca, los misioneros desarrollaron una intensa labor evangelizadora mediante parroquias, escuelas, misiones populares y atención a comunidades rurales e indígenas.
Se destacó especialmente:
* la cercanía a los sectores más pobres;
* la educación de personas sordas;
* el testimonio de los mártires durante la persecución religiosa;
* y el papel de México como provincia madre de la misión en Estados Unidos.
Estados Unidos: acompañar a un pueblo invisible
Los claretianos llegaron a Estados Unidos en respuesta a la petición de obispos que necesitaban sacerdotes capaces de atender pastoralmente a comunidades mexicanas y latinas frecuentemente olvidadas.
El rasgo más característico de esta misión fue el acompañamiento.
No esperaban a que las personas llegaran a las iglesias, sino que iban a buscarlas:
* en los campos agrícolas,
* en las minas,
* en los barrios obreros,
* entre migrantes,
* y en comunidades marginadas.
Las parroquias se transformaron en auténticos centros misioneros desde los cuales se irradiaban la predicación, la catequesis, la organización comunitaria y la promoción humana.
Mucho más que una pastoral hispana
El conferencista insistió en que reducir la identidad claretiana al ministerio latino sería empobrecer el carisma.
Dondequiera que han sido enviados, los claretianos han servido igualmente a:
* pueblos indígenas,
* inmigrantes portugueses,
* italianos,
* vietnamitas,
* comunidades francófonas,
* afrodescendientes
* y muchos otros grupos.
El criterio nunca ha sido la pertenencia cultural, sino la urgencia de la misión.
Rasgos distintivos del carisma claretiano
Frente a otras familias religiosas presentes en América, el expositor identificó algunos rasgos propios:
* disponibilidad para ser enviados;
* vida comunitaria como signo misionero;
* cercanía permanente a los sectores vulnerables;
* evangelización desde la Palabra;
* creatividad pastoral;
* promoción de los laicos;
* defensa de la dignidad de los migrantes;
* sensibilidad social;
* capacidad de adaptarse a nuevas realidades sin perder la identidad.
María, formadora del corazón misionero
La espiritualidad claretiana encuentra en el Inmaculado Corazón de María la escuela donde se forma el misionero.
María aparece como:
* madre,
* protectora,
* modelo de disponibilidad,
* y fuente del ardor apostólico.
Esta dimensión mariana ha acompañado todas las expresiones de la misión en América mediante diversas advocaciones populares.
Desafíos actuales
La conferencia identificó varios retos que hoy enfrenta la Congregación:
* disminución de vocaciones;
* construcción de comunidades interculturales;
* reconocimiento y reparación del dolor causado por los abusos;
* necesidad de trabajar en las periferias;
* adaptación a nuevas formas de evangelización;
* fortalecimiento de la colaboración con los laicos.
Estos desafíos exigen renovar continuamente la fidelidad al carisma.
Una mística que se hace testimonio
La reflexión concluyó afirmando que la mística claretiana no consiste en experiencias extraordinarias, sino en una vida transformada por el Espíritu que hace visible el Evangelio.
Citando a san Pablo VI, el expositor recordó que el mundo escucha antes a los testigos que a los maestros.
Por ello, el futuro del carisma dependerá menos de las estructuras y más de comunidades capaces de transparentar el fuego misionero de Claret mediante una vida fraterna, cercana a los pobres, abierta a la interculturalidad y siempre disponible para ser enviada allí donde la Iglesia más lo necesite.
Preguntas para la conversación en el Espíritu
El P. Rosendo dejó finalmente cuatro preguntas para el discernimiento comunitario:
1. Si san Antonio María Claret caminara hoy por nuestro país, ¿en qué acciones reconocería que su fuego sigue vivo y en cuáles nos pediría volver a encenderlo?
2. ¿De qué manera la audacia claretiana nos está ayudando a vencer la indiferencia y la comodidad frente a las nuevas formas de exclusión?
3. ¿Qué rasgos del carisma claretiano están transformando hoy las estructuras sociales y eclesiales de nuestros pueblos?
4. ¿Qué experiencias concretas de valentía comunitaria nos permiten reconocer que Dios continúa actuando radicalmente en nuestra misión?
La ponencia ofreció una lectura sugerente del carisma claretiano desde la experiencia de la Provincia de Estados Unidos-Canadá, utilizando como hilo conductor la reciente investigación histórica de Debra Canter. El expositor mostró cómo el espíritu misionero de san Antonio María Claret se encarnó en el acompañamiento de comunidades migrantes, especialmente hispanas, destacando la obediencia, la disponibilidad apostólica, la cercanía a los pobres y la capacidad de adaptación a nuevos contextos culturales. Aunque el título proponía una reflexión sobre el carisma claretiano en América, el desarrollo se centró principalmente en la experiencia estadounidense, presentada como una expresión concreta de una realidad mucho más amplia. El propio conferencista reconoció que ningún estudio puede abarcar la riqueza del carisma en todo el continente, dejando abierta la invitación a seguir profundizando en las diversas formas en que la espiritualidad claretiana se ha encarnado en los distintos contextos americanos.
Testimonio misionero de los PP. José Sentre, CMF, y Vicente Sidera, CMF
La segunda parte de la mañana estuvo dedicada a escuchar el testimonio de vida de dos misioneros claretianos de amplia trayectoria en la Provincia de Centroamérica: los PP. José Sentre, CMF, y Vicente Sidera, CMF. Más que una conferencia, fue un espacio de memoria agradecida, donde ambos compartieron la experiencia de una vida entregada al anuncio del Evangelio en distintos rincones de América.
El P. José Sentre recordó el nacimiento de su vocación misionera desde la adolescencia, cuando, siendo estudiante, fue descubriendo progresivamente el significado de ser misionero. Evocó con emoción su llegada a América en 1962, junto con el P. Vicente Sidera, respondiendo al llamado de la Congregación para servir en las tierras de misión. Narró sus primeros años en Darién, Panamá, donde aprendió a convivir con nuevas culturas, costumbres y formas de vida, aceptando con sencillez las dificultades propias de la misión: largos desplazamientos por ríos, aislamiento, precariedad, encuentros con la naturaleza y una constante disponibilidad para servir allí donde la Congregación lo enviaba.
Con sencillez y humor compartió numerosas anécdotas de aquellos primeros años, mostrando cómo la misión se aprende caminando con el pueblo y dejándose evangelizar por él. Destacó también el espíritu de desprendimiento que marcó toda su vida, recordando que, después de décadas de servicio, sus pertenencias podían resumirse apenas en dos pequeñas maletas.
Al ser preguntado por el secreto de su perseverancia, respondió que siempre procuró vivir en disponibilidad a la voluntad de Dios y de los superiores, convencido de que “cuando uno va enviado, el Señor ya lo está esperando”. Señaló que la Eucaristía diaria, la oración y el amor a Cristo fueron el fundamento permanente de su fidelidad misionera, aun en medio de sacrificios y momentos difíciles.

Por su parte, el P. Vicente Sidera inició su intervención definiéndose, siguiendo una expresión del P. José Xifré, simplemente como “misionero de profesión”. A partir de esta identidad fue recorriendo la historia de la misión claretiana, especialmente en el Vicariato de Darién, haciendo memoria agradecida de numerosos misioneros y misioneras que entregaron su vida en aquellas tierras, muchos de ellos verdaderos pioneros de la evangelización.
Compartió cómo el encuentro con aquellos testimonios despertó en él el deseo de continuar una misión ya iniciada por generaciones anteriores. Describió el desafío de insertarse en un mundo culturalmente diverso, aprendiendo a respetar y valorar las culturas indígenas, caminando junto a las comunidades y promoviendo una Iglesia cercana, participativa y comprometida con los más pobres.
Una dimensión significativa de su ministerio fue el trabajo en los medios de comunicación social. Relató la creación de una emisora de radio al servicio de las comunidades más aisladas, convencido de que la evangelización debía aprovechar todos los medios posibles para acercar la Palabra de Dios a quienes vivían en lugares remotos. Recordó con alegría cómo pequeños radios distribuidos entre las familias permitían mantener viva la comunicación y la formación cristiana.
Durante el diálogo con los participantes, ambos misioneros coincidieron en que la verdadera fuerza de la misión nace de una profunda experiencia espiritual. El P. Vicente resumió esta convicción con una expresión que atravesó todo su testimonio: “la mística en acción”, explicando que la vida misionera sólo puede sostenerse desde una intensa vida de oración, contemplación y unión con Cristo, alimentada en el contacto cotidiano con el pueblo y con la realidad.
El espacio concluyó con un ambiente de profunda gratitud hacia ambos hermanos, cuya vida se convirtió en una verdadera memoria viva del carisma claretiano en América. Los participantes reconocieron en sus testimonios una invitación a vivir la misión con sencillez, disponibilidad, cercanía a los pobres, amor a la Congregación y profunda confianza en la acción del Espíritu Santo. El encuentro finalizó con una fotografía grupal y el compartir del almuerzo junto a los dos misioneros y el festejo por el don de la vida de nuestro hermano el P. Edgardo Guzmán, cmf.
Meditación I de la tarde
Misioneros místicos para América
Mons. Ángel Garachana, CMF
La primera meditación de la tarde estuvo a cargo de Mons. Ángel Garachana, CMF, obispo emérito de San Pedro Sula (Honduras), quien fue presentado destacando no solo su extensa trayectoria misionera y episcopal, sino también el testimonio de humildad que lo caracteriza. Su presentación estuvo enmarcada por dos expresiones inspiradoras del papa Francisco: «No hay humildad sin humillaciones» y «Sean cada vez más numerosos quienes, sin hacer ruido, con humildad y perseverancia, se convierten cada día en artesanos de la paz». Asimismo, se compartió uno de los sueños pastorales de Mons. Garachana: una Iglesia fraterna, solidaria, siempre en salida y cercana, especialmente a los más pobres.
Desde el inicio aclaró que su intervención tendría un carácter principalmente testimonial. Más que desarrollar una reflexión académica, quiso compartir la experiencia discernida de su vida como misionero claretiano y obispo, ofreciendo algunas claves para comprender qué significa ser hoy “misioneros místicos para América”.
Como marco introductorio, describió algunos rasgos del contexto actual: el proceso creciente de secularización, el profundo cambio cultural que afecta especialmente a las nuevas generaciones, la urbanización acelerada, la cultura digital, el fenómeno migratorio y el crecimiento del mundo evangélico en América Latina. Señaló también que la espiritualidad latinoamericana ha sido enriquecida por la teología de la liberación y por el seguimiento del Jesús histórico, aunque percibe hoy una cierta pérdida de esa perspectiva en algunos ambientes eclesiales.
Al referirse específicamente a la espiritualidad claretiana, expresó una preocupación: la dificultad para integrar existencialmente la oración y la misión. Reconoció que la Congregación ha desarrollado una sólida reflexión sobre el carisma, pero aún está llamada a vivir con mayor armonía la contemplación y la acción apostólica.
El núcleo de su exposición giró precisamente en torno a esta convicción: el apostolado no es simplemente una consecuencia de la oración, sino una expresión directa de la vida teologal. Apoyándose en el Concilio Vaticano II, explicó que la vida espiritual consiste en la acción de Dios en nosotros mediante la fe, la esperanza y la caridad. Desde esta perspectiva, la misión no es un obstáculo para la santidad, sino uno de sus caminos privilegiados.
Criticó respetuosamente una comprensión preconciliar que veía el apostolado principalmente como un peligro para la vida interior. Frente a ello, propuso recuperar la visión conciliar según la cual la acción misionera, vivida desde la fe y el amor, es fuente de crecimiento espiritual. Recordó que el mismo Concilio afirma que el cumplimiento fiel del propio ministerio constituye un verdadero camino de santificación.

Aplicando esta reflexión a san Antonio María Claret, destacó que el fundamento del apostolado es la caridad teologal, el amor que el Espíritu Santo derrama en el corazón del misionero. El conocido “celo apostólico” de Claret no nace simplemente del temperamento o de una mayor capacidad de trabajo, sino del amor mismo de Dios actuando en él. Citó diversos textos autobiográficos donde el Fundador reconoce sentirse únicamente instrumento del Señor, experimentando que es Dios quien realiza la misión a través de su pobreza.
Mons. Garachana explicó que esta experiencia constituye la auténtica dimensión mística del misionero: descubrir progresivamente que Dios actúa en él y por medio de él, dejándose conducir con creciente docilidad por el Espíritu. Así, la misión misma se convierte en espacio privilegiado de encuentro con Dios y de transformación interior.
Concluyó invitando a vivir una verdadera unidad de vida, superando toda fragmentación entre oración y acción, entre contemplación y misión. El auténtico misionero místico es quien sabe permanecer con Dios para hablarle de sus hijos, y permanecer con los hijos para hablarles de Dios.
Finalmente dejó a la Asamblea cuatro preguntas para la oración personal y el discernimiento:
1. ¿Soy verdaderamente un místico de la acción o simplemente un activista religioso?
2. ¿He logrado integrar armónicamente oración, contemplación y misión, o vivo estas dimensiones separadas?
3. ¿Mi actividad apostólica brota de la vida teologal y fortalece mi fe, esperanza y caridad, o únicamente produce desgaste?
4. ¿El ejercicio concreto de mi misión constituye un camino de santificación o, por el contrario, se ha convertido en un obstáculo para mi vida espiritual?
La meditación abrió un profundo espacio de reflexión sobre la identidad del misionero claretiano, recordando que la fecundidad de la misión depende, ante todo, de una vida unificada por el Espíritu, donde la contemplación y el apostolado se alimentan mutuamente.
Misioneros místicos en la realidad de América: encarnarse, ver, escuchar y sentir
El ponente inició retomando el tema anterior sobre la vida arraigada en Cristo, recordando que Jesucristo no es una idea, una doctrina o una causa, sino una Persona con quien se establece una relación de amor, confianza, fe y amistad. Desde esa relación brota la unidad de vida del discípulo misionero: cuanto más profunda es la comunión con el Padre, mayor es la entrega a los hermanos; y cuanto más intensa es la misión, mayor es la necesidad de volver a la intimidad con Dios.
A partir de esta convicción desarrolló el tema “Misioneros místicos en la realidad de América”, afirmando que la misión siempre acontece en un lugar, una historia y una cultura concretas. El envío misionero supone una verdadera encarnación, siguiendo el modelo de Jesucristo, que asumió plenamente la condición humana. El misionero es enviado a una realidad determinada para amarla, servirla y transformarla, arraigándose profundamente en ella sin perder la apertura a la universalidad de la Iglesia.
Apoyándose en las Constituciones Claretianas, en el Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad y en el Documento de Aparecida, subrayó que la misión nunca puede desvincularse del contexto histórico, social y cultural donde viven las personas. La realidad no es un obstáculo para la misión, sino su punto de partida y el lugar donde Dios continúa revelándose y actuando.
Como camino espiritual propuso cuatro actitudes fundamentales del discípulo misionero:
* Encarnarse, viviendo una presencia cercana, afectiva y comprometida con el pueblo, especialmente con los pobres, haciendo propia la realidad a la que se ha sido enviado.
* Ver, desarrollando una mirada creyente capaz de descubrir tanto la belleza como las heridas de la realidad, realizando un discernimiento iluminado por la fe y evitando toda indiferencia.
* Escuchar, aprendiendo a reconocer la voz de Dios que resuena en el clamor de los pueblos, en las personas, en los acontecimientos y en los procesos comunitarios. Destacó la escucha como una actitud esencial de la sinodalidad y del ejercicio del ministerio.
* Sentir, dejándose conmover por el sufrimiento humano con un corazón compasivo, inspirado en Jesús y en María, evitando que la rutina o la costumbre endurecieran la sensibilidad del misionero.
El expositor ilustró estos aspectos con abundantes testimonios de sus años de servicio episcopal en Honduras, mostrando cómo la cercanía al pueblo, la escucha paciente y la compasión pastoral se convierten en caminos concretos para hacer presente el Evangelio.
Finalmente desarrolló el tema del progreso en la vida misionera, recordando que la vida espiritual es un proceso permanente de crecimiento. Insistió en que el punto de partida siempre es la gracia de Dios, pero que esta requiere una respuesta libre, constante y perseverante. El crecimiento espiritual acontece en la vida cotidiana y exige una decisión renovada de caminar con el Señor.
Como medios concretos para favorecer este crecimiento señaló:
* el discernimiento espiritual;
* la ayuda fraterna y la vida comunitaria;
* los tiempos de retiro y desierto;
* la formación permanente;
* el proyecto personal y comunitario de vida.
Concluyó invitando a todos los participantes a practicar un discernimiento orante y continuo sobre su propio itinerario vocacional y misionero, para avanzar hacia una vida cada vez más integrada entre oración, comunidad y misión, viviendo auténticamente como misioneros místicos en América.