Por: Edgardo Guzmán, CMF
Roma, Italia
25-08-2026

En la liturgia de la sinagoga de Nazaret, el gesto de Jesús poniéndose de pie para leer contiene una densidad teológica profunda. En el texto griego, la expresión para «levantarse» es la misma que se utiliza para la resurrección (anástasis). Es el Jesús resucitado quien toma el rollo de Isaías, abre el libro sellado de la historia humana —que tantas veces nos parece descifrable solo desde el dolor y el sinsentido— y proclama que en Él la Escritura encuentra su pleno cumplimiento. Al asumir las palabras de Isaías 61, Jesús declara que la unción del Espíritu recibida en el bautismo es el Espíritu del Hijo, cuya manifestación concreta es la fraternidad universal. Ser el Ungido significa hacerse hermano de todos, especialmente de los descartados.

El anuncio del Evangelio a los pobres en Lucas se despliega mediante una liberación integral. La restitución de la vista a los ciegos, leída desde la traducción griega de los Setenta, evoca la liberación de los prisioneros que salen de las mazmorras y vuelven a ver la luz. Esta salvación no contrapone lo espiritual a lo social. Reducir la misión a una “espiritualización” de la pobreza para tranquilizar la conciencia ha causado un enorme daño a la vida consagrada, distorsionando el llamado original a la justicia y a la equidad. Liberar es un gesto de amor y fraternidad con un ineludible alcance histórico; es hacer retroceder las estructuras de muerte e indiferencia para introducir la vida de Dios en la historia humana.

San Antonio María Claret comprendió su vocación profética a la luz de este pasaje (Aut 118), descubriendo que la salvación no consistía únicamente en rescatar almas del infierno, sino en hacerse cercano a los más sencillos, pobres e incultos. Esta intuición claretiana adquiere hoy una urgencia incuestionable en nuestra realidad de Centroamérica. En una región marcada por la pobreza estructural, las desigualdades hirientes, el drama de las migraciones forzadas, la violencia de las maras y la vulnerabilidad de las comunidades indígenas y campesinas, la misión no puede diluirse en una actividad vagamente apostólica o en un discurso desencarnado.

Evangelizar en Centroamérica exige encarnar el mandato de Nazaret partiendo de los más vulnerables como verdaderos lugares teológicos. Los empobrecidos de nuestro istmo no son receptores pasivos de nuestros proyectos pastorales, sino rostros donde Dios sigue hablándonos. Nos evangelizan desde su fe probada en la intemperie, su resiliencia y su capacidad de compartir lo poco que tienen. Por eso, la misión en nuestra región requiere una profunda conversión: implica dejarnos interpelar por su dolor, desinstalar nuestras comodidades eclesiales y ponernos en actitud de discípulos antes de pretender enseñar, reconociendo que Cristo ya habita en las luchas de nuestro pueblo.

Jesús omitió deliberadamente en su lectura la frase sobre el «día de la venganza», proclamando en su lugar un año de gracia. El cumplimiento de esta promesa no es un recuerdo del pasado ni un consuelo diferido; su «Hoy» sigue resonando con fuerza entre nosotros. Para la vida religiosa en Centroamérica, el Espíritu del Señor nos unge hoy a romper las dinámicas de exclusión y violencia, haciendo que el Evangelio de la gracia se traduzca en pan, justicia, dignidad y fraternidad tangible para los más insignificantes de nuestras tierras.