Familia Claretiana
21-08-2026
Querida Eli:
En medio del dolor por tu partida queremos dar gracias al Padre Bueno por tu vida.
Desde muy joven sentiste el llamado del Señor a entregar tu vida a la misión, fue un llamado que hiciste vida.
Tu historia estuvo marcada por los caminos de la solidaridad. Caminos difíciles, comunidades alejadas, ríos que había que recorrer, lugares donde las condiciones de vida eran duras y donde la pobreza, el abandono y la exclusión se hacían presentes. Viviste en la selva del Darién y en las comunidades más pobres de Guatemala. Caminaste junto a familias indígenas y campesinas, personas sencillas, muchas veces olvidadas, pero que encontraban en ti una presencia amiga, una palabra cercana y una razón para seguir esperando. Por donde pasabas ibas sembrando semillas de amor y de esperanza.
Aún en medio de las dificultades, siempre encontrabas una palabra de aliento, un gesto de cariño, una manera de hacer sentir al otro que no estaba solo.
Pero tu vida tampoco estuvo exenta de momentos muy duros. Conociste el cansancio, las dificultades, las incertidumbres y el dolor. Y, sin embargo, hubo algo que te sostuvo siempre: tu fe. Tu confianza en el Señor y esa certeza profunda de que la Virgen María y Claret caminaban contigo, te ayudaron a permanecer firme cuando los caminos se hicieron difíciles. Ellos fueron para ti compañía, consuelo y refugio. Y así, sostenida por la fe, continuaste caminando.
En los últimos años, la enfermedad tocó tu puerta. Fueron días y meses muy duros. Hubo dolor, incertidumbre y cansancio. Pero incluso entonces seguiste pensando en los demás.
Ofreciste tus dolores por tu familia, por tus amistades y por la misión.
Hoy nuestra fe nos recuerda que la muerte no es el final del camino. Creemos en un Dios de vivos y no de muertos. Creemos en Jesucristo, que venció la muerte y nos abrió el camino hacia la vida plena.
Por eso, aunque hoy lloramos tu partida, tenemos la certeza de que ahora vives en la plenitud del amor de Dios; en la paz que no tiene fin, allí donde ya no hay dolor, ni enfermedad, ni incertidumbre, ni lágrimas.
Creemos que ahora contemplas al Señor cara a cara y que, desde esa comunión profunda con Él, sigues acompañando e intercediendo por quienes todavía caminamos por este mundo.
Gracias, Eli, por tu vida.
Gracias por tu entrega.
Gracias por tu amor a la misión.
Gracias también por las discusiones que tuvimos. Porque incluso en ellas había algo que siempre estuvo presente: tu profundo amor por los más vulnerables, tu deseo de servir, de anunciar el Evangelio y de estar del lado de quienes más lo necesitaban.
Eli, tu misión no termina.
Cambia de lugar, desde la plenitud de su amor, sigues acompañándonos.
Intercede por tu familia.
Intercede por tus amigos y amigas.
Intercede por quienes compartimos contigo tantos momentos de vida.
E intercede también por la misión claretiana que tanto amaste, para que nunca perdamos la pasión por el Evangelio, por los pobres, por los migrantes, por los pueblos indígenas, por los campesinos, por quienes viven en las periferias y por todos aquellos con quienes tú decidiste caminar.
Con todo nuestro cariño y agradecimiento.
En memoria de Elizabeth Navarro (Q.E.P.D)
