Por: Ernesto Bermúdez
Managua, Nicaragua
24-07-2026
La familia es un don preciado que el Señor nos ha concedido, tanto que hasta Él quiso tener una, eligiendo a la Virgen María y San José para tan hermosa compañía. Y a ambos, los eligió de sus familias particulares, sus padres que fueron bendecidos en tenerles también. La tradición nos dice que los nombres de los padres de la Virgen María son Joaquín y Ana. La biblia nos indica únicamente el nombre del padre de José, que era Jacob (Mt. 1,16), y la tradición indica a Raquel como su madre, -como figura del José de Egipto también-. Más allá de los nombres, tomaremos en cuenta la elección que Dios hizo de estas cuatro personas, para engendrar cada pareja, a los que serían los padres terrenos de Jesucristo, y que de allí pensaremos en que ciertamente, tuvo abuelos, aunque los evangelios no nos indiquen si compartió con ellos en su infancia o no.

Todo este preámbulo es para pensar y agradecer la relación con nuestros abuelos, fuente de sabiduría, experiencia y bondad. Dios los ha elegido para que nosotros tengamos también una historia concreta, nada es por casualidad.
Todos hemos conocido al menos a uno de nuestros cuatro abuelos, y quizá a algún bisabuelo. Ellos, además de formar a nuestros padres, han estado cercanos a nosotros, dándonos consejos desde su gran experiencia de vida y fe, cuidándonos en muchos casos, mientras nuestros padres trabajaban. Quizá algunos ya padecen de enfermedades u otras dolencias por el paso del tiempo.

Que también podamos estar pendientes de ellos, retribuyendo un poco su cariño hacia nosotros. Con memoria agradecida, recordamos a los abuelos que ya no están y bendecimos al Señor por habérnoslos concedido para compartir con ellos el tiempo que así fue.
