Por: Gerson Giovanni Abrego Villalobos
Propedéuta Claretiano
Usulután, El Salvador
16-06-2026
Así comienza mi apostolado en la Comunidad Monseñor Romero (Para personas discapacitadas):
El calendario tiene formas curiosas de unir a los extraños. Tres días. Esa es la distancia exacta que separa mi nacimiento del de Francisco. Mientras yo cumplía mis veintiocho años recorriendo el mundo con pasos firmes, él cumplía sus veintisiete en una quietud que comenzó a los tres meses de vida, cuando el destino decidió cambiarle las reglas del juego.

Conocer a Francisco es ver un espejo de lo que la vida puede ser: frágil, pausada y absoluta. Pero conocer a Aristides, su padre, es entender lo que significa la palabra entrega.
Aristides, no solo carga con el peso de los años, sino con el de las ausencias y las batallas del cuerpo. La muerte de su esposa dejó un vacío que él llenó con una generosidad poco común, llevando a su suegra a vivir bajo su propio techo. En esa casa, el dolor no se divide, se comparte.

Mientras conversábamos, no pude evitar pensar en la ironía de la salud. Aristides cuida de todos mientras sus propios riñones fallan, filtrando el cansancio con la misma paciencia con la que cuida a su hijo. Es un hombre que vive para los demás, aun cuando su propio cuerpo le pide una tregua.
Al despedirme, me quedó una sensación de humildad. Yo tengo mis veintiocho años intactos, mis planes y mis prisas. Francisco tiene sus veintisiete años de silencio y paz. Y en medio de nosotros, Aristides sostiene el mundo, demostrando que el amor no es un sentimiento, sino un acto de resistencia que se renueva cada mañana.