El impacto para nuestra espiritualidad misionera
Por: Edgardo Guzmán, Cmf
Roma, Italia
26/09/2026
Cuando reflexionamos sobre la Inteligencia Artificial (IA), la tendencia habitual es reducir el debate a una cuestión de regulación técnica o ética. Sin embargo, como señala en un análisis el P. Antonio Spadaro SJ, la Carta Encíclica Magnifica Humanitas (MH) del Papa León XIV nos invita a un giro de perspectiva: la IA plantea, ante todo, un reto de teología espiritual y una prueba para la interioridad del evangelizador. Antes de preguntarnos qué tareas puede agilizar la tecnología en la misión, la cuestión fundamental es discernir qué provoca la lógica algorítmica en la capacidad en la calidad del servicio pastoral y en el corazón del misionero.
1. El criterio claretiano: “Válganse de todos los medios” desde el discernimiento
San Antonio María Claret fue un pionero en aprovechar los medios técnicos de su época. En su Autobiografía, definió al misionero como aquel que «desea eficazmente y procura por todos los medios encender a todo el mundo en el fuego del divino amor» (Aut. n. 494). Comprendió el valor de la prensa porque reconoció que «no todos pueden ir a la Iglesia… pero el libro irá a su casa» (Aut. n. 310) y que «la gente anda aprisa» (Aut. n. 312). Pero en Claret la acción nacía siempre de su profunda experiencia de Dios: la técnica no sustituyó la itinerancia ni la mirada compasiva. En la era de la Inteligencia Artificial, el misionero está llamado a actualizar esa intuición: emplear la tecnología con audacia sin perder el celo por la presencia encarnada, recordando que las herramientas son instrumentos para el servicio y no sustitutos del testimonio vivo.

2. Tres riesgos espirituales: la atrofia de la vida interior
• La “apariencia de relación” y la falsa consolación: La IA es capaz de simular empatía, consejos y palabras de cercanía. El peligro para el misionero es la tentación de delegar el acompañamiento, la predicación o el diálogo espiritual a respuestas automáticas. En la tradición ignaciana, esto actúa como una «falsa consolación»: genera un bienestar inmediato pero falso, que a la larga aísla y provoca una atrofia del deseo de buscar a nuestros hermanos y hermanas en su realidad concreta y vulnerable.
• El paradigma tecnocrático y la pérdida del silencio: El paradigma tecnocrático subordina la existencia a la métrica del cálculo, la eficiencia y la inmediatez. Cuando el misionero asume esta lógica, corre el riesgo de reducir la misión a un rendimiento performativo, perdiendo la paciencia contemplativa de la siembra evangélica.
• El rechazo del límite y el desprecio de la fragilidad: La narrativa transhumanista ve el límite o el cansancio como fallos a corregir. Frente a la eficacia “sin heridas”, la encíclica nos recuerda que la verdadera contemplación reconoce que la compasión no nace de la perfección técnica, sino de habitar la carne frágil.

3. Del orgullo de Babel al camino de Nehemías
El Papa León XIV ilumina esta encrucijada mediante dos imágenes bíblicas centrales. La Torre de Babel (Gn 11, 1-9; cf. MH, n. 41) representa la pretensión de autosuficiencia y el intento de uniformar las culturas en favor del control corporativo, en detrimento del bien común – principio medular de la Doctrina Social de la Iglesia y pilar de la encíclica (cf. MH, nn. 12-15), que exige subordinar todo avance tecnológico a la dignidad inalienable de la persona—. En cambio, la reconstrucción de Jerusalén (Ne 2–6; cf. MH, nn. 45-48) propone el camino del profeta Nehemías y nos recuerda que reconstruir significa asumir la tarea de humanizar nuestra propia humanidad desde la propuesta del Reino de Dios. Antes de levantar una sola piedra, Nehemías oró, ayunó, guardó silencio y miró con dolor las ruinas. Para el misionero, esta pausa de fe es el filtro indispensable que evita que la acción pastoral sea ciega o autorreferencial.

4. Un itinerario de ascesis digital para la misión
Para nuestra espiritualidad misionera hoy, este discernimiento exige cultivar una verdadera ascesis digital: (a) Desarmar la pretensión de dominio y la autosuficiencia técnica, superando la vanidad, la prisa y la búsqueda de aprobación digital; reconociendo que la misión no es un logro individual que se mida por los likes o la repercusión de nuestras publicaciones, sino un fruto de la gracia; (b) Ayunar de la hiperestimulación para custodiar el espacio interior donde habla el Espíritu; y (c) Priorizar la artesanía del encuentro presencial, ya que ninguna simulación algorítmica puede reemplazar el valor sagrado del testimonio y la fraternidad encarnada.
Cargada de eco agustiniano (De Civitate Dei), la Magnifica Humanitas (n. 130) nos recuerda que la IA nos confronta con la elección de dos amores: el amor de sí que construye la autorreferencialidad de Babel, o el amor de Dios y del prójimo que edifica la comunión de Jerusalén. Como nos enseñó Claret, nos valemos de todos los medios, pero ponemos siempre el corazón en el único Fin.