Por: P. Manuel Sánchez, cmf
San Pedro Sula, Honduras
19-5-26
Mayo florece en el corazón de la Iglesia como un tiempo especialmente dedicado a la Virgen María. No se trata solamente de una costumbre piadosa heredada de generaciones anteriores, sino de una experiencia espiritual profundamente arraigada en la fe del pueblo cristiano. Cuando la naturaleza se reviste de vida y de belleza en muchos lugares del mundo, la Iglesia dirige también su mirada hacia aquella mujer en quien la gracia de Dios floreció plenamente: María, la Madre de Jesús.
Desde los primeros siglos, los cristianos reconocieron en María a la mujer creyente por excelencia. Pero fue particularmente a partir de la Edad Media y luego con el desarrollo de la piedad popular en los siglos XVIII y XIX, cuando mayo quedó asociado de manera especial a la Virgen. El pueblo creyente comenzó a dedicarle altares en los hogares, rezos comunitarios, cantos, flores y peregrinaciones. Estas expresiones nacen de una intuición profundamente evangélica: quien ama a Cristo encuentra en María un camino seguro para acercarse más a Él.

Para nosotros, misioneros claretianos y comunidades cristianas de Centroamérica, María no es únicamente una figura de devoción sentimental. Ella es, ante todo, la primera discípula de Jesús. Antes de anunciarlo con palabras, lo acogió en la fe. Su “hágase” pronunciado en Nazaret no fue un gesto pasivo, sino la respuesta valiente de una mujer disponible al proyecto de Dios. María escuchó la Palabra, la atesoró en su corazón, la proclamó y también la convirtió en vida. Por eso, el Evangelio la presenta siempre en actitud de camino: va presurosa a servir a Isabel, acompaña silenciosamente la misión de su Hijo, permanece firme al pie de la cruz y sostiene la esperanza de la comunidad naciente en Pentecostés.
Como discípula, María enseña a la Iglesia el verdadero rostro del seguimiento: escuchar, servir, perseverar y confiar incluso en medio de la oscuridad. Ella vivió la fe no desde el privilegio, sino desde la entrega cotidiana. Supo guardar silencio cuando no comprendía del todo los acontecimientos y, aun así, continuó creyendo. En tiempos marcados por la prisa, la superficialidad y la desesperanza, María nos recuerda que la fidelidad a Dios se construye día a día.

María es también Madre de la Iglesia. Jesús mismo la entregó como madre a la comunidad creyente desde la cruz, cuando dijo al discípulo amado: “Ahí tienes a tu madre”. Desde entonces, la Iglesia la reconoce como presencia maternal que acompaña, protege y anima el caminar del pueblo de Dios. En nuestros pueblos centroamericanos, esta maternidad se percibe de manera entrañable en tantas advocaciones marianas, procesiones, novenas y rezos familiares que mantienen viva la fe incluso en contextos de sufrimiento y pobreza.
De manera especial, María es también formadora de misioneros. Ella modela corazones capaces de escuchar el clamor del pueblo y responder con disponibilidad al Evangelio. Ningún discípulo auténtico puede permanecer encerrado en sí mismo; quien ha encontrado a Cristo siente el impulso de compartirlo. María lo hizo desde el inicio: llevando a Jesús en su seno, visitó a Isabel y llevó alegría a aquella casa. Allí aparece ya el dinamismo misionero que la Iglesia está llamada a vivir.

La espiritualidad claretiana encuentra en María un referente esencial. San Antonio María Claret la contempló como Madre, Formadora y Reina de los Apóstoles. Aprendió de ella la prontitud para anunciar la Palabra y la ternura para acercarse a los más pobres y abandonados. También hoy, en medio de las complejas realidades de Centroamérica, María sigue formando misioneros capaces de acercarse a las periferias humanas y existenciales.
Celebrar mayo como mes de María implica entonces mucho más que adornar un altar o rezar algunas oraciones tradicionales. Significa abrir espacio para la escucha de la Palabra, fortalecer la oración en familia, rezar el rosario con sentido misionero, contemplar la vida de Cristo junto a María y renovar nuestro compromiso cristiano. Las flores que se colocan ante su imagen solo tienen verdadero sentido cuando van acompañadas por obras de amor, reconciliación y servicio.

Nuestra región centroamericana necesita profundamente este testimonio. En ciudades como San Pedro Sula, marcadas tantas veces por la violencia, el miedo, la migración forzada y la fragilidad social, María sigue señalando a Jesús como fuente de esperanza y de vida nueva. Ella nos impulsa a mirar con compasión a quienes tienen la vida amenazada: jóvenes atrapados por la violencia, familias quebradas por la pobreza, migrantes heridos en el camino, niños sin oportunidades y personas a las que poco a poco se apaga su esperanza.
En este mes de mayo, María nos invita nuevamente a volver el corazón hacia su Hijo. Ella no busca quedarse en el centro, sino conducirnos siempre a Jesús. Imitarla significa aprender a amar como ella amó, creer como ella creyó y salir al encuentro de los demás como ella salió. Que nuestras comunidades, inspiradas por su ejemplo, sean verdaderas escuelas de discipulado y misión, capaces de anunciar a Cristo con alegría y cercanía, especialmente allí donde la vida clama por ser defendida y dignificada.
