Por: Eneyda Benavides
Managua, Nicaragua
20-06-2026
Nos hemos preparado con un triduo para la celebración especial de nuestra patrona, el Inmaculado Corazón de María. Cada día experimentamos la calidez, amor y humildad que guarda nuestra Madre. El primer día fuimos llamados a acoger la Palabra en cada momento, en la Eucaristía, la Biblia, la comunidad y la Iglesia, haciendo vida el evangelio: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”.

El segundo día nos dejó el llamado a imitar a María, quien tuvo una escucha basada en la atención, acogida y disponibilidad al llamado de Dios. Nos invitó a ser uno con la Virgen y, con obediencia, dejarnos llevar por su Hijo a través de la fe y el servicio al que fuimos llamados, recordando la Palabra, “Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios, es el único Señor”.

Al concluir el tercer día, meditamos cómo María guarda cada acontecimiento como un tesoro en su corazón, tanto de alegría como de tristeza. Exhortados a vivir como la Madre, expresar nuestra fe como ella lo hizo, con la mayor entrega, silencio y obediencia.

Finalmente, llegó el día y celebramos a nuestra Patrona con sencillez y amor, entre la carencia material y la abundancia de alegría. Es la primera vez que celebramos fuera de nuestro templo, en un lugar que podría catalogarse como indigno; sin embargo, para la Virgen fue la mejor celebración. Aunque nuestro templo sigue en reconstrucción, nos llenamos de esperanza, humildad y gozo para recordar que habitamos protegidos dentro del Inmaculado Corazón de María.