Por: Rafa Villalobos S.
San José, Costa Rica
28-07-2026
Vivimos tiempos difíciles para la humanidad, tiempos marcados por la guerra, la violencia extractiva, la desinformación, el despojo de los pueblos, el retroceso en los derechos humanos y ambientales, etc. Por ello es vital aunar esfuerzos, articular alianzas, fortalecer los vínculos.
En este contexto se celebró el Primer Congreso Latinoamericano sobre los Impactos Socioambientales de la Minería, realizado en Costa Rica. Fue una experiencia de escucha, discernimiento y esperanza. Convergieron comunidades afectadas, líderes y lideresas, pueblos indígenas, academias, organizaciones de la sociedad civil y representantes de la Iglesia de diversos países de América Latina y el Caribe para reflexionar sobre uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo: el avance del extractivismo minero y sus profundas consecuencias sobre la vida de las personas y de la Casa Común.
Este encuentro nos recordó que la misión no puede desarrollarse al margen del sufrimiento de los pueblos. Allí donde la tierra es herida, las comunidades son desplazadas y los derechos humanos son vulnerados, el Evangelio nos llama a hacer presente la Buena Noticia mediante la cercanía, la denuncia profética y el anuncio de caminos de esperanza.

Uno de los mayores aprendizajes del Congreso fue constatar que la crisis socioambiental no es solamente una cuestión técnica o económica; es, ante todo, una crisis ética, espiritual y civilizatoria. Detrás de muchos proyectos extractivos aparecen rostros concretos: familias que pierden sus territorios, pueblos indígenas cuya cultura se ve amenazada, guardianes y guardianas de la casa común que son perseguidos y ecosistemas gravemente deteriorados. Escuchar sus testimonios permitió comprender que el clamor de la tierra y el clamor de los pobres son una sola voz, tal como nos recuerda el magisterio del papa Francisco.
También resultó esperanzador constatar una Iglesia que camina junto a las comunidades. La presencia del CELAM, del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, de redes como Iglesias y Minería y de numerosos agentes pastorales mostró que el cuidado de la Casa Común ya no es un tema secundario, sino una dimensión esencial de la evangelización. Las intervenciones insistieron en que la espiritualidad nace del encuentro con quienes sufren y que no basta denunciar los modelos de muerte; es necesario construir alternativas que pongan en el centro la dignidad humana, la justicia y el cuidado de la creación. Así lo expresó monseñor Henry Orlando Ruiz cuando insistió que la espiritualidad nace del encuentro con quienes padecen la violencia, el despojo y la exclusión, más que de formulaciones teóricas. «Esto no se aprende en los libros», el Evangelio solo se comprende cuando se «toca la carne de quienes sufren».
El P. Julio Arváez, misionero claretiano, compartió la experiencia del movimiento ciudadano que logró articular en Panamá una de las mayores movilizaciones sociales contra la minería metálica. “No basta con decir ‘no’ a la minería; también hay que decir sí a otras formas de economía, a otra política y a alternativas que pongan la vida en el centro”.
Como familia claretiana esta experiencia fortalece el camino que vamos recorriendo en Solidaridad y Misión (SOMI). Nos confirma que la evangelización implica promover una ecología integral donde la fe se traduzca en compromiso con los derechos humanos, la defensa de los pueblos y el cuidado de la creación.
Cuidar la Casa Común no es una tarea opcional ni una preocupación ambiental más; forma parte de nuestra misión como creyentes. Allí donde la vida está amenazada, allí donde los pueblos resisten con esperanza, allí también estamos llamados a anunciar, con palabras y obras, que otro mundo es posible.
