Monte Alverna, Ciudad de Panamá

14 de julio del 2026

Martes 14 de julio de 2026 (Sesión de la mañana)

La jornada inició con la oración propia del Encuentro, poniendo en manos del Señor el camino recorrido y la misión que la Familia Claretiana está llamada a asumir en América. En un ambiente de profunda gratitud se hizo memoria de quienes habían iluminado las jornadas precedentes —la Hna. Liliana Franco, el P. José Luis, el P. Rosendo y Mons. Ángel— reconociendo que sus aportes habían ido tejiendo una comprensión cada vez más profunda de las llamadas del Espíritu en los signos de los tiempos y del compromiso con una Iglesia sinodal, en salida y cercana a las periferias.

Posteriormente fue presentado el conferencista del día, el P. Carlos Julio Rozo, CMF, actualmente vicario parroquial en Bogotá, con una amplia trayectoria como formador, vicario provincial y servidor de la vida religiosa en Colombia, especialmente desde la Comisión de Justicia, Paz e Integridad de la Creación. En la presentación se destacó también la conveniencia de dar continuidad al camino iniciado en el Encuentro de Espiritualidad celebrado en Vic (2024), promoviendo redes y espacios permanentes de formación y reflexión espiritual para toda la Familia Claretiana de América.

Antes de iniciar la exposición, el P. Carlos Julio condujo un momento de oración contemplativa. La asamblea escuchó el canto inspirado en Lucas 4,18 (“El Espíritu del Señor está sobre mí…”), acompañado de la contemplación de una obra pictórica del hermano claretiano Maximino Cerezo Barredo. La dinámica invitó a dejarse interpelar por el lenguaje del arte, reconociendo que la espiritualidad también se expresa mediante la belleza y la contemplación. Los participantes compartieron breves resonancias, destacando imágenes como la del Resucitado que acompaña a los pueblos descalzos de América, la cruz cargada comunitariamente y la esperanza que brota de las heridas transformadas por la Pascua.

La oración continuó con la lectura del poema “Jesús de Nazaret” de Pedro Casaldáliga, fortaleciendo la convicción de que la espiritualidad cristiana nace siempre del encuentro personal con Jesucristo, compañero de camino y liberador de los pueblos.

Misioneros Místicos para América

El carisma claretiano en el contexto americano II 

El P. Carlos Julio explicó que su propósito no era introducir nuevos contenidos, sino recoger, profundizar y articular los elementos fundamentales que habían emergido durante los días anteriores.

Como punto de partida afirmó que la espiritualidad constituye una dimensión propia de toda existencia humana, pues toda persona organiza su vida desde valores, convicciones y horizontes de sentido. Sin embargo, desde la perspectiva cristiana, la espiritualidad adquiere un contenido específico: es la vida configurada por el Espíritu Santo, quien transforma progresivamente los pensamientos, sentimientos y criterios del creyente hasta hacerlo vivir según Cristo.

Tomando como referencia a san Pablo (Rm 8,14; Ga 2,20), insistió en que la espiritualidad no puede reducirse a prácticas religiosas o ejercicios piadosos, sino que consiste en dejar que Cristo viva en nosotros. Recordó igualmente las palabras de Jesús en Juan 15: permanecer en Él constituye el fundamento de toda fecundidad apostólica. Sin una relación viva con Jesucristo, afirmó, toda actividad misionera corre el riesgo de convertirse en activismo estéril.

Recorriendo la tradición de la Iglesia, evocó la enseñanza de los Padres, del Concilio Vaticano II (Gaudium et Spes 22) y de los últimos pontífices, mostrando cómo la santidad no es privilegio de unos pocos, sino la vocación de todo bautizado. Retomando la exhortación del Papa Francisco, subrayó que la santidad se vive en las circunstancias ordinarias de la existencia, haciendo del amor el criterio permanente de todas las decisiones.

La espiritualidad latinoamericana 

Entrando en el contexto propio del continente, el conferencista recordó que la espiritualidad cristiana en América Latina no puede comprenderse al margen de la historia de nuestros pueblos, marcada por profundas desigualdades, violencia, exclusión y pobreza, pero también por una extraordinaria riqueza cultural, religiosa y comunitaria.

Inspirándose en Medellín, Puebla y Aparecida, explicó que la opción por los pobres no responde únicamente a una preocupación social, sino que constituye una auténtica experiencia espiritual, porque es precisamente en los rostros sufrientes donde el creyente descubre la presencia de Cristo.

Retomando las aportaciones de Gustavo Gutiérrez, Jon Sobrino, Víctor Codina y otros teólogos latinoamericanos, presentó una espiritualidad que integra inseparablemente contemplación y compromiso, oración y transformación de la realidad, experiencia de Dios y construcción histórica del Reino.

En este contexto resaltó diversos signos de esperanza presentes en América Latina: la religiosidad popular, las expresiones festivas de los pueblos, las comunidades cristianas, la solidaridad cotidiana y la resistencia de quienes continúan defendiendo la vida frente a las múltiples formas de violencia. Estos signos, afirmó, manifiestan que la resurrección sigue actuando en la historia y alimentan una espiritualidad profundamente esperanzada.

Espiritualidad profética y martirial

Una parte importante de la reflexión estuvo dedicada a la dimensión profética y martirial de la espiritualidad latinoamericana.

El P. Carlos Julio recordó que el profeta es quien escucha la Palabra, discierne los signos de los tiempos y anuncia con libertad el proyecto del Reino. En Jesucristo esta misión alcanza su plenitud: toda su existencia constituye denuncia del pecado y anuncio de la misericordia del Padre.

Desde esta perspectiva hizo memoria agradecida de numerosos testigos de la Iglesia latinoamericana —entre ellos san Óscar Romero, Enrique Angelelli, Rutilio Grande, Samuel Ruiz, Pedro Casaldáliga y muchos otros hombres y mujeres anónimos— cuya fidelidad al Evangelio continúa iluminando el camino de la Iglesia en América.

Explicó igualmente que el martirio no consiste únicamente en el derramamiento de la sangre, sino también en la entrega cotidiana de quienes sirven silenciosamente a los pobres, defienden la dignidad humana y permanecen fieles al Evangelio aun en medio de la incomprensión y la persecución.

La parresía del Espíritu 

Como culminación de su reflexión presentó la parresía como uno de los grandes dones del Espíritu Santo: la valentía evangélica para anunciar el Reino con libertad, esperanza y alegría.

Inspirándose en el Papa Francisco, afirmó que la Iglesia está llamada a salir de toda autorreferencialidad para dirigirse hacia las periferias humanas y existenciales, construyendo comunidades profundamente evangélicas, sinodales y cercanas al pueblo.

Concluyó señalando que la espiritualidad misionera latinoamericana integra inseparablemente contemplación, profecía, martirio y parresía. Quien contempla a Jesucristo descubre el clamor de los pobres; quien escucha ese clamor anuncia el Reino con valentía; quien permanece fiel está dispuesto a entregar la propia vida; y todo ello es posible gracias a la acción del Espíritu Santo, que sigue renovando la historia y haciendo nuevas todas las cosas.

Espiritualidad y cuidado de toda vida 

Antes de concluir la sesión matutina, el P. Carlos Julio invitó a ampliar la reflexión incorporando una dimensión inseparable de la espiritualidad contemporánea: el cuidado de toda vida.

Retomando la enseñanza del papa Francisco sobre la ecología integral, recordó que la preocupación por la creación no puede reducirse al cuidado del medio ambiente, sino que implica reconocer la íntima relación entre la tierra y quienes la habitan, especialmente los pueblos y comunidades más vulnerables. Los efectos del cambio climático, las crisis ambientales y el deterioro de los ecosistemas afectan de manera desproporcionada a quienes viven en condiciones de mayor fragilidad, convirtiéndose así en un verdadero desafío para la espiritualidad misionera.

Subrayó que esta sensibilidad ecológica forma parte de la tradición claretiana y del compromiso evangelizador de la Iglesia. No todos están llamados a servir desde los mismos escenarios, pero sí a estar presentes allí “donde se decide la suerte de los pobres”, haciendo del cuidado de la creación y de la defensa de la vida una expresión concreta del seguimiento de Jesucristo.

Como preparación para el trabajo personal, la asamblea escuchó un canto dedicado al cuidado de la casa común y posteriormente meditó un poema de Pedro Casaldáliga, en el que América Latina aparece como tierra de sufrimiento y esperanza, llamada a renacer desde la solidaridad, la ternura y la Pascua de Cristo.

Finalmente, el conferencista invitó a vivir un prolongado espacio de silencio, oración y discernimiento personal antes de la Conversación en el Espíritu. Propuso que cada participante volviera sobre las conferencias, apuntes y experiencias vividas durante el Encuentro para responder, primero de manera personal y luego en los grupos, a dos preguntas orientadoras:

1. ¿Cuáles son los aspectos o claves fundamentales que hoy consideramos imprescindibles para una espiritualidad claretiana en América?
2. ¿Qué nuevos desafíos descubrimos para vivir con mayor profundidad la experiencia de Dios en la realidad actual de nuestro continente?

Con estas preguntas concluyó la sesión de la mañana, dando paso a un tiempo de oración, reflexión personal y preparación para la Conversación en el Espíritu que continuaría al mediodía en los grupos previamente establecidos.

Síntesis de la primera ponencia de la tarde 

P. Carlos Julio Rozo, CMF

“Mirar el camino recorrido para discernir el futuro de la espiritualidad claretiana en América”

El P. Carlos Julio Rozo invitó a comprender este Encuentro no como un hecho aislado, sino como un eslabón dentro de un largo proceso de discernimiento espiritual que la Congregación ha venido realizando en América Latina. Recordó que antes de este encuentro hubo otros hitos importantes, como el Primer Taller de Espiritualidad Claretiana (São Paulo, 1987), el Congreso Internacional de Espiritualidad Claretiana (Majadahonda, 2001) y el Congreso de Espiritualidad de Santiago de Chile (2020). Recuperar esta memoria no pretende quedarse en el pasado, sino reconocer la acción del Espíritu y evitar que las reflexiones terminen archivadas sin transformar la vida y la misión.

El ponente presentó una síntesis del documento de São Paulo (1987), destacando que allí ya se comprendía la espiritualidad como una forma concreta de seguir a Jesucristo en la realidad histórica latinoamericana, integrando contemplación y compromiso, oración y transformación social. Aquella reflexión puso en el centro la opción por los pobres, la lectura creyente de la realidad, la fuerza evangelizadora de las comunidades de base, la lectura popular de la Biblia, la religiosidad popular y el compromiso profético frente a las injusticias.

Al mismo tiempo, el documento reconocía que, aunque la Congregación había asumido oficialmente estos principios, todavía persistían desafíos importantes: estilos de vida alejados del pueblo, insuficiente inserción entre los pobres y una conversión aún incompleta de las personas, comunidades y estructuras.

Tras recorrer también la experiencia del Congreso de Chile (2020), el P. Carlos Julio insistió en que la pregunta fundamental hoy no es qué se dijo antes, sino qué nos está diciendo ahora el Espíritu y cómo dar continuidad a este proceso.

Desde esa perspectiva propuso varias claves para una espiritualidad claretiana en América:

* La centralidad de la Palabra de Dios, acogida mediante la lectio divina y convertida en fuente permanente de la misión. Sin la Palabra, afirmó, el carisma claretiano pierde su identidad.

* La dimensión cordimariana, entendiendo a María como escuela de interioridad, contemplación, solidaridad y esperanza. Su corazón enseña a acoger la Palabra, leer la historia desde Dios y hacer visible la ternura divina hacia los pobres.

* Una espiritualidad profundamente encarnada, que descubre a Dios actuando en la historia y responde con cercanía a los pobres, migrantes, pueblos indígenas, afrodescendientes y todas las nuevas periferias humanas y existenciales.

* La vida comunitaria y la sinodalidad, entendidas no como una moda pasajera, sino como una manera permanente de escuchar, discernir, dialogar y construir juntos la misión, superando el individualismo y el clericalismo.

* La misión compartida con los laicos, valorando el camino recorrido y fortaleciendo procesos de corresponsabilidad y formación permanente.

* Una espiritualidad contemplativa en la acción, capaz de vencer el activismo y reconocer que el verdadero protagonista de la misión es el Espíritu Santo.

* La dimensión profética y martirial, inspirada tanto en el testimonio cotidiano como en los mártires claretianos, cuya fidelidad sigue iluminando la misión.

* La formación permanente, entendida no solo como actualización académica, sino como una continua conversión espiritual, comunitaria y pastoral.

* El compromiso con la defensa de la vida, los derechos humanos y la ecología integral, respondiendo a los nuevos desafíos culturales, sociales y ambientales del continente.

Como horizonte de todo el proceso, el ponente subrayó la necesidad de una conversión integral: personal, pastoral, ecológica y sinodal. Solo desde una verdadera transformación de la mentalidad, de los criterios y de las relaciones será posible responder creativamente a los desafíos actuales.

Finalmente, invitó a que este Encuentro no quede reducido a un documento o a un buen recuerdo. El verdadero fruto será que cada comunidad, parroquia, colegio, proyecto misionero y organismo claretiano traduzca estas intuiciones en procesos concretos de renovación, manteniendo vivo el fuego evangelizador de san Antonio María Claret y ofreciendo una espiritualidad dinámica, encarnada, comunitaria, contemplativa, misionera, profética y siempre abierta a la acción del Espíritu Santo.