Prot. SG 160/2026
MENSAJE DEL SUPERIOR GENERAL

Queridos hermanos,

Al celebrar el 177.º aniversario de la fundación de nuestra querida Congregación,
os invito a realizar una peregrinación espiritual a una sencilla habitación del
seminario de Vic. Allí, el 16 de julio de 1849, San Antonio María Claret se reunió
con cinco jóvenes sacerdotes para dar inicio a una aventura misionera que ninguno
de ellos podía imaginar que un día llegaría hasta los confines de la tierra.

Entremos en aquella habitación en silencio. Contemplemos el corazón de nuestro
Fundador. ¿Qué ardía en su interior? ¿De dónde brotaba el valor para comenzar
con tan pocos recursos? El mismo Claret nos da la respuesta. Reconoce que el Señor
había dado a sus compañeros «el mismo espíritu que a mí me animaba» (Aut. 489).
Diez años más tarde, al recordar aquel día inolvidable, volverá a afirmar que la
Congregación nació de «unos pocos sacerdotes reunidos, animados por el mismo
espíritu» (Carta al Nuncio Apostólico Lorenzo Barili, 29 de julio de 1859). No fue
simplemente el nacimiento de un nuevo instituto. Fue obra del Espíritu Santo, que
unió aquellos corazones en un mismo fuego misionero.

Claret quiso que aquella nueva familia llevara un nombre que expresara su
identidad más profunda: Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Aut.
488). Antes que una estructura o un cuerpo apostólico, somos hijos. El Corazón de
María es el hogar donde se forja nuestra identidad misionera. Bajo su guía maternal
aprendemos a configurarnos con su Hijo, Jesucristo, el Enviado del Padre para
anunciar la Buena Noticia a los pobres. Ser hijos del Corazón de María significa
dejarnos modelar por ella hasta que Cristo ocupe el centro de nuestros
pensamientos, de nuestros afectos, de nuestras relaciones y de nuestra misión.

La primera comunidad comprendió bien esta verdad. Claret los reunió para formar
una comunidad de evangelizadores. Entre las primeras meditaciones que les
ofreció estaba el Salmo 23, especialmente estas palabras: «Tu vara y tu cayado me
infunden confianza.» Les enseñó a descubrir su fortaleza en dos dones
inseparables: la cruz de Cristo y la protección maternal de María. De estas dos
fuentes brotó la valentía para perseverar en medio de las dificultades, las
incomprensiones, la pobreza y las inmensas fatigas de la misión.

Hoy, después de 177 años, las circunstancias externas han cambiado, pero el
Espíritu sigue siendo el mismo. También nosotros estamos llamados a respirar el
mismo Espíritu misionero que sostuvo a nuestro Fundador y a generaciones de
Claretianos que anunciaron fielmente el Evangelio en todos los continentes,
muchas veces en medio de grandes sacrificios. Claret se alegraba de que sus
primeros compañeros hubieran perseverado y dado abundantes frutos en la Iglesia
(Aut. 490). Su perseverancia no fue fruto únicamente de su esfuerzo personal, sino
de permanecer arraigados en el Espíritu que los había llamado.

Este aniversario nos invita a preguntarnos: ¿seguimos respirando el mismo
Espíritu? Un cuerpo del que se ha retirado la vida se convierte en un cadáver. Del
mismo modo, una Congregación que deja de estar animada por el fuego del
Espíritu Santo corre el riesgo de convertirse en una institución, en lugar de seguir
siendo una familia misionera viva. Un árbol con raíces superficiales no resiste la
fuerza de la tormenta. Sin raíces profundas en nuestro carisma misionero, tampoco
nosotros podremos perseverar en medio de las pruebas e incertidumbres de
nuestro tiempo.

Lo mismo sucede con cada uno de nosotros. Un misionero que poco a poco pierde
el espíritu vivo de su vocación puede continuar realizando muchas actividades,
pero corre el riesgo de convertirse en un funcionario eficiente más que en un
testigo alegre del Evangelio. El ministerio puede transformarse en una profesión
en lugar de una misión; las responsabilidades pueden convertirse en cargas más
que en expresiones de amor; la comunidad puede reducirse a un simple lugar de
residencia, en vez de ser una fraternidad de discípulos misioneros. Se puede estar
muy ocupado sin ser verdaderamente fecundo; muy activo sin estar interiormente
vivo. Lo que mantiene vivo al misionero no es, ante todo, la cantidad de obras que
realiza, sino el fuego del Espíritu Santo que arde en su interior. Solo quien renueva
continuamente el don recibido puede comunicar vida a los demás.

Nuestras Constituciones nos recuerdan que el amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo, y que ese mismo Espíritu construye
nuestra comunión y fortalece nuestro compromiso misionero (cf. CC 10, 46).
Siempre que volvemos a las fuentes de nuestra vocación —la oración, la vida
comunitaria, la Palabra de Dios, la Eucaristía, la disponibilidad misionera y la
confianza filial en el Corazón de María— la llama vuelve a encenderse.

La celebración de este año está marcada también por un acontecimiento
significativo para la vida de la Congregación. El 16 de julio de 2026, a petición del
Gobierno Provincial de Sanctus Paulus, la comunidad de Vic-Sallent pasa a ser Casa
Generalicia de la Congregación. Su misión será coordinar los diversos servicios que
allí se ofrecen a toda la Congregación y a la Familia Claretiana y, sobre todo,
fortalecer estos lugares como centros de renovación espiritual y de profundización
en nuestro carisma.

Invito cordialmente a todos los Claretianos a sentirnos corresponsables de estos
santuarios de nuestros orígenes y a colaborar para que continúen siendo fuentes
vivas donde las generaciones presentes y futuras puedan beber inspiración, ardor
misionero y renovada fidelidad a nuestra vocación. Que estos lugares santos nos
ayuden siempre a respirar el mismo Espíritu que animó a nuestro Fundador y a la
primera comunidad.

Quiero expresar también mi más profunda gratitud a la antigua Provincia de
Cataluña y a la actual Provincia de Sanctus Paulus. Desde los mismos orígenes de
la Congregación y también en momentos especialmente difíciles de nuestra
historia, han cuidado, preservado y promovido generosamente estos lugares tan
estrechamente vinculados a nuestro Fundador y a nuestro carisma. Gracias a su
fidelidad, dedicación y sacrificio, este precioso patrimonio espiritual y misionero
ha sido custodiado y transmitido hasta nuestros días. Toda la Congregación les
debe un sincero reconocimiento.

Queridos hermanos, hace 177 años el Espíritu Santo reunió a seis misioneros en
una pequeña habitación de Vic. Hoy ese mismo Espíritu sigue reuniendo a cerca
de tres mil misioneros que sirven en setenta y cuatro países del mundo. La misión
es la misma. El Evangelio es el mismo. El Corazón de María es el mismo. La
pregunta que permanece abierta para cada uno de nosotros es si estamos
dispuestos a dejarnos animar por el mismo Espíritu.

Que el Corazón de María siga reuniéndonos, formándonos y enviándonos. Que ella
mantenga vivo en nosotros el fuego misionero que ardía en el corazón de san
Antonio María Claret aquella bendita mañana del 16 de julio de 1849, para que las
generaciones futuras puedan decir también de nosotros lo que Claret dijo de sus
primeros compañeros: que el Señor nos había dado el mismo Espíritu.

¡Feliz aniversario de nuestra Fundación!

En el Corazón de María,

P. Mathew Vattamattam, CMF
Superior General
Panamá, 16 de julio de 2026