Por: Rafael Á. Villalobos S.
San José, Costa Rica
5-3-2026
Compartimos con ustedes la dolorosa realidad que vive hoy el pueblo indígena mayangna, uno de los pueblos originarios más antiguos de Mesoamérica. Su historia reciente está marcada por el despojo sistemático de sus territorios ancestrales, la violencia armada, la impunidad y el desplazamiento forzado, especialmente en el norte de Nicaragua, así como por la exclusión, la pobreza y la invisibilización en los países a los que se ven obligados a huir, como Costa Rica.
Esta no es solo una crisis social o política: es una herida profunda al corazón de la dignidad humana, a la Casa Común y a los pueblos originarios que han custodiado la vida y el territorio por generaciones.
Nicaragua: territorio herido, pueblos crucificados
En Nicaragua, los mayangnas habitan principalmente en la Región Autónoma de la Costa Caribe Norte, dentro y alrededor de la Reserva de la Biosfera Bosawás, un territorio de enorme riqueza ecológica, cultural y espiritual. Allí, desde hace más de una década, las comunidades sufren la invasión constante de colonos armados que buscan apropiarse ilegalmente de sus tierras para actividades como la ganadería extensiva, la tala indiscriminada y la minería.
Este proceso de colonización violenta ha generado ataques armados a comunidades indígenas, con asesinatos, desapariciones y quema de viviendas; desplazamientos forzados que dejan a familias enteras sin medios de vida; amenazas y persecución contra líderes comunitarios y defensores del territorio.
A esta violencia se suma la ausencia de protección efectiva por parte del Estado y la criminalización de quienes defienden la vida, la tierra y los derechos colectivos. Todo ello ha provocado una crisis humanitaria silenciosa que obliga a comunidades enteras a huir para salvar la vida, rompiendo la relación sagrada entre pueblo, tierra, cultura y espiritualidad.
Aquí se manifiesta con crudeza el pecado estructural que atraviesa nuestros pueblos: un modelo que pone el lucro por encima de la vida y convierte los territorios en mercancía y a las personas en descartables.

El desplazamiento forzado hacia Costa Rica: pueblos sin tierra, pueblos sin hogar
Ante esta realidad, muchas familias mayangnas se han visto forzadas a huir hacia Costa Rica. No se trata de una migración voluntaria, sino de un éxodo provocado por la violencia, el despojo y la persecución.
Una vez en territorio costarricense, enfrentan nuevas formas de sufrimiento: irregularidad migratoria y miedo constante a la deportación; barreras lingüísticas y culturales; falta de acceso a vivienda digna, trabajo estable, salud y educación; discriminación, xenofobia y racismo.
Muchas familias sobreviven en condiciones de extrema precariedad, en barrios marginales, campamentos improvisados o incluso en situación de calle, junto a otras poblaciones migrantes forzadas. Son pueblos crucificados por un sistema que expulsa, descarta y excluye.

El acompañamiento desde JPIC presencia samaritana, sinodal y profética
En medio de este dolor, el Centro Claretiano de Atención al Migrante (CECAM) se ha convertido en un espacio de acogida, protección y esperanza para el pueblo mayangna desplazado, así como para otros pueblos indígenas y poblaciones migrantes forzadas.
Este acompañamiento no se vive de manera aislada. Conscientes de que la misión hoy es sinodal, articulada y corresponsable, estamos trabajando en redes interinstitucionales, eclesiales y sociales, articulando esfuerzos con diversas instancias que comparten la defensa de la dignidad humana y la protección de las personas desplazadas. Entre ellas: el Secretariado de Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, CENDEROS, ACNUR, Defensoría de los Habitantes, Cáritas Arquidiocesana, entre otras organizaciones y espacios de articulación solidaria.
Porque hoy más que nunca es vital aunar esfuerzos, tejer alianzas y caminar juntos. Ninguna institución por sí sola puede responder a una crisis tan profunda; solo desde la comunión, la colaboración y la misión compartida podemos generar procesos reales de protección, integración, justicia y transformación social.
La situación del pueblo mayangna nos interpela como Iglesia y como familia claretiana. Nos llama a una conversión pastoral, misionera y estructural; a pasar de la indiferencia a la compasión organizada, de la caridad asistencial a la justicia transformadora, de la fe intimista a una fe encarnada en la historia.
Porque no hay Evangelio sin justicia, no hay misión sin defensa de la vida, no hay espiritualidad auténtica sin compromiso con los crucificados de hoy.