Por: Angelina Socorro
Ciudad de Panamá, Panamá
13-07-2026
Hace años, mientras atravesaba una época retadora en mi vida, alguien me dijo: “Dios escribe derecho sobre renglones torcidos”. Al principio, me costó encontrarle el sentido exacto a la frase, luego lo entendí: Dios permite acontecimientos que, en el momento, escapan por completo a nuestra comprensión. Sin embargo, nada ocurre fuera de su soberanía. Aunque las circunstancias parezcan adversas, Él nunca pierde el control y, cuando todo parece perdido, sigue sosteniéndonos bajo su sombra protectora.
El día que me enteré del terremoto en mi país, acababa de llegar con mis amigas de EMAÚS a un café. Recibí una llamada de mi hijo contándomelo, pero no entendía la magnitud de todo.

Esa noche, pude darme cuenta del tamaño de la tragedia. Escribí a los amigos que tengo en Caracas, sufrieron pérdidas materiales, pero estaban bien. Sin embargo, ese fue un consuelo momentáneo, mientras iba viendo las historias familiares, una profunda tristeza se fue apoderando de mí. Confieso que, al día siguiente, yo que me la paso en una constante tertulia interna con Dios, estuve callada…en un silencio reflexivo…ya que no entendía ¿por qué tenía que pasarle esto a Venezuela?
Entonces vino a mi mente un fragmento del Padre nuestro: “Hágase tu voluntad, así en la tierra, como en el cielo”. Luego de varios días llorando y sin dormir bien, empecé a entender que no es una frase vacía: es claramente la declaración del poder de Dios en nuestras vidas, una profunda oración de confianza en su soberanía.

Intenté cambiar mi mirada y comencé a verlo en tantas partes: el primer lugar donde vi su presencia, fue cuando estuve ayudando en el centro de acopio. Las personas llegaban una tras otra, con donaciones. Ver cómo panameños y venezolanos se unieron en una misma nacionalidad para ayudar, fue algo conmovedor.
Dios también estaba en la mirada de los sobrevivientes, en el abrazo anhelado del padre que conseguía vivo a su hijo, en las palabras amorosas de los rescatistas, en los bebés que salieron sin un rasguño, en la madre que amamantó a sus hijos durante días, en los hombres que habían perdido a su familia y seguían de pie ayudando, en los doctores que pasaron horas sin dormir, en la niña que asomó su sonrisa hermosa entre piedras y ruinas, en los psicólogos ofreciendo terapia gratuita, en cada mascota que no se movió, esperando a sus dueños amorosa y pacientemente, …esta lista podría seguir, porque aunque todo parecía oscuro y sin sentido, Dios estaba ahí…sin duda, estaba ahí.

Cuando vivimos situaciones adversas, la oración tiene un poder inconmensurable para calmarnos, para entender que Él manda y su voluntad, aunque en el momento no lo parezca, es buena, agradable y perfecta. Sé que esto es difícil de entender cuando pasamos por pruebas, pero hay algo que siempre me centra, devolviéndome la calma: la vida es un regalo hermoso, Él nos escogió para venir a este mundo, por lo tanto, nuestra existencia está en sus manos y podemos descansar en que nuestro Padre nunca deja de sostenernos.
Y es que en la oscuridad, en la duda, en el temor, su presencia surge como una fuerza imponente, demostrándonos a través del amor, de la solidaridad, de la esperanza, que Dios efectivamente escribe derecho sobre renglones torcidos, porque jamás nos abandona.
