Por: Eric Moises Carrasco Lovo
Córdoba, Argentina
21-1-2026
Animados por la esperanza, durante este Año Jubilar vivimos nuestro noviciado con apertura de corazón, cultivando una confianza cada vez más profunda en Dios para asumir, con libertad y responsabilidad, nuestra profesión religiosa. El noviciado, vivido en Córdoba, Argentina, fue un tiempo de gracia y un verdadero lugar de encuentro con la diversidad que caracteriza a nuestra Congregación; un espacio que nos permitió discernir con conciencia nuestro sí en el seguimiento de Jesús Evangelizador, al estilo de San Antonio María Claret.
La gratitud es lo primero que brota del corazón al mirar este camino recorrido. Damos gracias a Dios por el don de la vocación misionera y por la gracia de haber vivido la etapa del noviciado como un tiempo de profunda formación y discernimiento. Agradecemos también a la Congregación por la confianza depositada en nosotros al acogernos en esta gran familia claretiana. Nuestra gratitud se extiende, de igual manera, a todas aquellas personas que, con su cercanía, sus oraciones y, sobre todo, con su testimonio de vida cristiana, nos han animado y sostenido a lo largo de este proceso.

El año de noviciado nos ayudó a seguir creciendo en nuestra relación personal con Dios y con los hermanos, tesoro que reconocemos como uno de los mayores dones recibidos. A través de la oración personal, la escucha y meditación de la Palabra de Dios, el estudio de los documentos congregacionales, así como el servicio en los diversos voluntariados y en la pastoral, pudimos profundizar en nuestras motivaciones vocacionales, clarificar dudas, vencer miedos y responder de manera más auténtica a la llamada del Señor.
La vida comunitaria y la convivencia en un contexto intercultural fueron experiencias fundamentales que nos permitieron superar prejuicios, conocer distintas realidades y misiones, y crecer en una verdadera fraternidad misionera. En el contacto cercano con la realidad concreta de las personas, confirmamos que vale la pena entregar la vida al servicio de los demás, anunciando el Evangelio desde el carisma de San Antonio María Claret.

La ceremonia de profesión religiosa, aunque sencilla, fue un momento profundamente significativo, lleno de fraternidad y alegría compartida. Entre aplausos y abrazos, profesamos públicamente los votos religiosos y fuimos recibidos en la Congregación, conscientes de que la consagración no es una meta alcanzada, sino el inicio de un nuevo camino.
Desde el bautismo hemos sido consagrados a Dios, y por medio de la profesión religiosa nos incorporamos de un modo más pleno a la misión de la Iglesia, cuyo verdadero protagonista es el Espíritu Santo. La consagración no nos hace más importantes; por el contrario, nos llama a servir con mayor humildad, a reconocer a Dios en cada persona y a asumir que este camino implica desafíos cotidianos, que solo pueden ser vividos con fidelidad sostenidos por la gracia de Dios.

Hoy, después de profesar, nos sentimos llamados a no acomodarnos, sino a consagrarnos cada día más al Señor mediante el servicio generoso a los demás. Somos conscientes de que aún queda camino por recorrer y aspectos personales que seguir trabajando, para responder con mayor autenticidad y fidelidad a la llamada recibida. La consagración no es un premio, sino un impulso del Espíritu que nos envía a amar sin medida, a servir desde la obediencia nacida del discernimiento y a vivir la pobreza como libertad del corazón.
Encomendamos este nuevo tramo del camino al Inmaculado Corazón de María y a las oraciones de ustedes, hermanos, para vivir con coherencia el compromiso asumido y llevar al mundo la esperanza y el amor que Dios tiene para toda la humanidad.
