Por: Donaciano Alarcón, Cmf
Usultán, El Salvador
20-1-2026
Entre los siglos III y IV, se ubica la plegaria más antigua, dirigida a María: Sub tuum praesidium (Bajo tu amparo) y ya le daba el título de Theotokos (Madre de Dios). Sin embargo, Ignacio de Antioquía, Irineo de Lyón y Orígenes, los cuales vivieron entre el I y el III siglo, defendieron, vehementemente, el título de María, como la madre del Verbo Divino, hecho carne.
Cirilo de Alejandría (376-444), protegió este título, de los ataques heréticos de Nestorio, hasta la proclamación del Dogma de la Maternidad Divina, en Éfeso, en el 431, justificándolo teológicamente y antes de él, Máximo de Turín (408-423).
María es Madre de la Persona Divina, que asumió una naturaleza humana. Esta es la verdad teológica fruto de la reflexión de los Padres de la Iglesia Primitiva y también, de la fe natural y espontánea del Pueblo.
En una carta que Claret envía a un devoto del Corazón de María deja fluir una frase de profunda admiración: María había de ser Madre del mismo Dios… ¡Oh, que cúmulo de gracias, virtudes y otras disposiciones se agrupan en aquel santísimo y purísimo Corazón! A Claret, no le cabe en el pecho, la emoción por reconocer la Maternidad Divina de María.

Por otro lado, El Concilio Vaticano II afirma que, desde antiguo, se honra a la bienaventurada, Virgen María como la Madre de Dios, con la posibilidad de acudir a su amparo en medio de dificultades y necesidades (LG. 66).
El Papa Pío XI, en 1931 establece el primero de enero, para celebrar la Maternidad Divina de María, en el XV centenario, del Concilio de Éfeso, dentro de la octava de Navidad, además de recordar ese mismo día, La Jornada Mundial de la Paz.
Este año, el papa León XIV, al conmemorar dicha solemnidad, nos exhortó, en su homilía, a contemplar a Dios en los brazos de María “desarmado y desarmante”, desnudo, indefenso como un recién nacido en la cuna. Enseñándonos que el mundo se salva comprendiendo, liberando y acogiendo sin cálculo y sin miedo.
La maternidad de María hace humano lo divino, dejando que, en la vida de su Hijo, recostado en su regazo, se manifieste un Dios encarnado, que desarma toda violencia y reconstruye el amor y la paz.
