Por: Jessica M. Domínguez D.
Ciudad de Panamá, Panamá
22.12.2025

     Cada 20 de diciembre, Panamá se detiene ante una herida que aún duele. La invasión de 1989 no es solo una fecha en el calendario nacional; es una memoria viva marcada por la pérdida de vidas humanas, el desarraigo de familias enteras, la destrucción de comunidades y un profundo impacto social que todavía resuena en nuestra historia colectiva. Recordar no es abrir viejas heridas por nostalgia del dolor, sino un acto de justicia con las víctimas y de responsabilidad con las generaciones presentes y futuras.

Desde el carisma de San Antonio María Claret, la memoria histórica adquiere una dimensión profundamente evangélica. Claret fue un misionero que no calló ante la injusticia, que denunció estructuras que oprimían la dignidad humana y que entendió la fe como un compromiso activo con la transformación de la realidad. Para él, no bastaba anunciar la Palabra; era necesario encarnarla en la defensa del ser humano, especialmente de los más pobres y vulnerables.

     Mirar hoy la invasión desde esta perspectiva nos invita a preguntarnos: ¿Qué hemos aprendido como sociedad? ¿Hemos sido capaces de construir una cultura de paz, diálogo y respeto a la soberanía y a la vida humana? ¿O seguimos reproduciendo, de otras maneras, la lógica de la violencia, la exclusión y el olvido?

     Claret nos recordaría que una sociedad que no revisa críticamente su historia corre el riesgo de repetirla. La memoria es una herramienta de conversión personal y social. Nos llama a rechazar toda forma de dominación, a defender la vida como valor supremo y a comprometernos con estructuras más justas, donde la fuerza nunca sustituya al diálogo ni el poder silencie la verdad.

     Hoy, a más de tres décadas de aquel 20 de diciembre, el mejor homenaje a las víctimas no es solo el recuerdo, sino la construcción consciente de un Panamá más humano, solidario y reconciliado. Un país donde la historia se enseñe con honestidad, donde el dolor no se niegue y donde la justicia, la verdad y la paz sean pilares reales de la convivencia.

     Que la memoria de este aniversario nos mueva, al estilo claretiano, a no callar ante la injusticia, a formar conciencias críticas y a trabajar incansablemente por una sociedad donde nunca más la violencia sea el camino. Porque recordar es también un acto de esperanza: la esperanza de que aprender de nuestra historia nos permita no repetirla.