Por: Adilia González de Riquelme
Ciudad de Panamá, Panamá
21.12.2025
Hace alrededor de tres años escuché por primera vez, en los avisos parroquiales de una Eucaristía, que estaban abiertas las inscripciones para la escuelita San Miguel, pero no entendí muy bien de que se trataba y lo dejé pasar. Tiempo después, en comunidad, unos hermanos hablaban de la escuela, de lo que habían aprendido, de lo buenas que eras las sesiones y de sólo escucharlos supe que yo también quería estar, que de seguro era el camino que estaba buscando para conocer de las sagradas escrituras. Sólo que la escuela ya había iniciado y se encontraban avanzados, así que me tocaba esperar al siguiente año.
Esperé con paciencia y con ganas hasta que finalmente se dio, inicié mi primer año convencida de que encontraría lo que una vez escuché conversar a ese grupo de hermanos y permítanme decirles que no era como lo describieron… era muchísimo mejor. Y es que la escuela San Miguel te da la oportunidad de ver, sentir y experimentar el amor de nuestro Padre de tantas formas distintas: Con el compromiso de la comunidad Claretiana de evangelizar, de mantener católicos formados en la fe; mediante el servicio de laicos comprometidos que se preparan tan bien, para hacernos conocer y entender la palabra de Dios, de una manera clara y precisa; abiertos a despejar las dudas que puedan surgir y el gozo con que lo hacen te reafirma que es allí donde quieren estar.
Lo más grande conocer a Dios a través de las escrituras, saber de su infinito amor, de su inagotable misericordia; descubriendo para algunos y reconfirmando para otros la lealtad de su promesa, que nuestro Padre se deja encontrar por quien abre su corazón a la fe.
Mi primer año transcurrió conociendo del antiguo Testamento, de los Patriarcas, del Éxodo, de Reyes, del exilio y del retorno, de Eclesiología, entre tantas cosas más que ya esperaba con ansias el segundo año y éste vino cargado de nuevas enseñanzas porque estudiamos a los Profetas, llenos de sabiduría y mensajes de Dios, anunciando sus promesas y denunciando las injusticias y desigualdades que siguen siendo muy común en el tiempo en que vivimos.

Permítanme hablarles sobre otro sólido pilar de la escuela San Miguel y es que además de las clases bíblicas, y de la formación de parte del padre Freddy sobre la Iglesia, los sacramentos entre otros temas, también atiende y cuida la parte humana, pues ofrece una hora de psicología con Angie, una hermana que es una profesional excepcional, que en cada sesión trae un tema más interesante que el anterior, aplicables en todos nuestros entornos: familia, trabajo, comunidad pastoral, amigos. Temas que nos hacen conocernos, reconocer sentimientos, corregir, respetarnos y amarnos. La participación del grupo es linda, de confianza, en un espacio seguro. Y allí también ves el amor de Dios y más lindo aún, ser testigo de como se replica en los demás, como lo reconoció uno de los hermanos participantes a Angie: “Me llevó tantas cosas que nos enseñaste y ya lo estoy aplicando con mis alumnos, pues soy educador”. Dios es bueno todo el tiempo.
Ya espero con ilusión el tercer año donde aprenderemos de los Evangelios, ese mensaje y ruta de vida que nos heredó Dios, que se hizo hombre, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado; que nos salvó y nos redimió, que se quedó entre nosotros. ¡Ya quiero que sea marzo, para iniciar!
Lo más bello de todo es que el grupo de hermanos que completó el tercer año y se graduaban, pedía un cuarto año. Esto nos dice tanto, que hay deseo y necesidad de seguir conociendo la palabra de Dios, de seguirla. Entonces, me quedo con las palabras del Provincial, el padre Mauricio, quien nos acompañó en el compartir de la clausura, su mensaje fue este: “El cuarto año, es la vida misma, donde debemos practicar la palabra de Dios, vivirla, encarnarla, llevar su mensaje, ser evangelio.”
Esta es la escuela San Miguel. Según mi experiencia, ¡una belleza!
A los que no la conocen, los invito a participar, no se van a arrepentir y a los que ya hemos iniciado, somos llamados a perseverar y permanecer. Todo para la gloria de Dios.