Por: Giselle Zamora Arroyo
San José, Costa Rica
20/09/2026
San Antonio María Claret consideraba la Biblia como el motor absoluto de su vida y misión, definiéndose a sí mismo como un oyente atento y un servidor incansable de la Palabra de Dios. Para el santo catalán, las Sagradas Escrituras no eran un simple objeto de estudio, sino un fuego vivo que transformó su existencia y modeló su vocación como misionero, obispo y fundador de la Congregación de los Misioneros Claretianos.
Desde su juventud en Sallent, España, Antonio María Claret desarrolló una profunda intimidad con los textos bíblicos. No leía la Biblia por curiosidad intelectual, sino con un corazón abierto y dispuesto a la conversión.
Siendo un joven exitoso en la industria textil de Barcelona, una cita del Evangelio de Mateo lo confrontó radicalmente: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su vida?» (Mt 16, 26). Esta palabra resonó en su interior, lo llevó a abandonar sus negocios y a consagrarse por completo al sacerdocio.
Para Claret, ser oyente de la Palabra significaba rumiar las Escrituras hasta que estas se convirtieran en sus propios pensamientos y sentimientos, buscando siempre imitar el estilo de vida de Jesucristo y de los apóstoles.

Claret descubrió que la Palabra escuchada no podía quedarse guardada; debía ser proclamada con urgencia. Se convirtió en un servidor de la Palabra a través de una actividad misionera desbordante.
Recorrió a pie Cataluña y las Islas Canarias predicando misiones populares. Su lenguaje era sencillo, directo y profundamente bíblico, logrando tocar los corazones de las multitudes. Por su fuego misionero se convirtió en el servidor de la Palabra.
Comprendió que los libros y folletos eran herramientas clave para hacer llegar la Palabra a donde su voz no alcanzaba. Fundó la Librería Religiosa y distribuyó millones de biblias, catecismos y lecturas piadosas de forma gratuita o a precios muy bajos.
Como arzobispo de Santiago de Cuba, defendió la dignidad humana y reformó la diócesis utilizando la Palabra de Dios como espada de justicia social y consuelo para los marginados y esclavos. La Palabra fue su fundamento para defender los derechos de los más vulnerables.

La espiritualidad bíblica de Claret estaba profundamente ligada a la Virgen María. Él veía en la Madre de Jesús el modelo perfecto de la oyente y servidora de la Palabra: aquella que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19).
Claret definió al misionero claretiano como un hombre que “arde en caridad y que camina y enciende por donde pasa”, alimentando ese fuego precisamente en el encuentro diario con las Sagradas Escrituras.
San Antonio María Claret nos recuerda que la Biblia no es un libro del pasado, sino una fuerza viva. Su testimonio invita a los creyentes de hoy a pasar de la simple lectura a la escucha activa, y de la escucha al servicio comprometido con el prójimo.