Por: Edgardo Guzmán, CMF
Roma, Italia
22-3-2026
Celebramos 46 años del martirio de san Óscar Romero. Hacer memoria de Monseñor Romero es siempre motivo de gratitud y esperanza. El testimonio de su vida, entregada al servicio del Evangelio hasta el martirio, sigue siendo una fuente de inspiración para nuestro camino. La coherencia radical de su vida nos interpela e invita a la conversión. Su «diaconía profética» permanece sorprendentemente actual en un mundo que se desangra por la violencia, el odio y las guerras. Monseñor Romero nos recuerda que la paz solo es posible si se construye un orden más justo: «La paz no es ausencia de guerra, la paz no es miedo de represión, la paz no es equilibrio de dos poderes que se tienen pavor. La paz es el fruto de la justicia» (Homilía del 6 de enero de 1978).
Muchas de las situaciones que horrorizaron a Monseñor Romero siguen siendo, desgraciadamente, sucesos cotidianos en todo el mundo. No hay sociedad en la cual no se puedan aplicar estas palabras del profeta Amós: «Escúchenlo los que aplastan a los pobres y eliminan a los miserables; ustedes piensan: “¿Cuándo pasará la luna nueva para vender trigo o el sábado para ofrecer grano y hasta el salvado de trigo? Para achicar la medida y aumentar el precio, para comprar por dinero al indefenso y al pobre por un par de sandalias”» (Am 8, 4-6). Todos estos crímenes y la delincuencia, que llenaron de consternación a los profetas bíblicos, tocaron también el corazón de Romero. De ahí su profunda sensibilidad ante las injusticias que sufría su pueblo.

Monseñor Romero nos enseña que una auténtica experiencia del Dios de Jesús no nos deja tranquilos, indiferentes o insensibles ante la explotación de los pobres. Lo que para nosotros muchas veces son «casos aislados de injusticia», para los profetas es un desastre. En Romero descubrimos, como en los profetas bíblicos, esa expectante impaciencia frente a la inequidad. Cada día somos testigos de una serie de actos de injusticia manifestados en la hipocresía, la falsedad, la injuria y la miseria, pero rara vez nos sentimos de verdad indignados. Como afirma Abraham Heschel: «Para el profeta, la mínima injusticia asume proporciones cósmicas. ¡Espántense de esto, cielos; tiemblen horrorizados! —oráculo del Señor—, porque dos maldades ha cometido mi pueblo: me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron pozos, pozos agrietados que no conservan el agua (Jr 2, 12-13)» (A. Heschel, Los profetas).
Para honrar la memoria de Monseñor Romero, hemos de tener siempre presente su mística profética; es decir, esa profunda experiencia de simpatía con el pathos divino, su vivencia fundamental de coparticipación con los sentimientos de Dios. De esta íntima comunión con la conciencia divina brotó su respuesta. Su palabra profética estaba encendida de este pathos (Cf. A. Heschel, op. cit.). De ahí que, cada vez que vemos que Romero se conmueve ante el dolor del pueblo, está participando de los sentimientos de Dios. Por eso llegó a expresar: «Con este pueblo no cuesta ser un buen pastor; es un pueblo que empuja a su servicio a quienes hemos sido llamados para defender sus derechos y para ser su voz» (Homilía del 18 de noviembre de 1979).

En el kairos de una Iglesia sinodal y en salida misionera, hemos de seguir redescubriendo y poniendo a producir el enorme legado de nuestros mártires centroamericanos. «Monseñor Romero nos dejó un legado. Y para decirlo desde el principio, su legado es su misma realidad: lo que él fue y lo que él hizo. Y eso es lo que hay que poner a producir. Hoy es tan útil y necesario como lo fue en su tiempo» (J. Sobrino, El legado de Monseñor Romero mártir). El legado de Monseñor Romero cobra hoy una renovada vigencia al iluminar el llamado del Pueblo de Dios a “caminar juntos en la parresía del Espíritu” (Cf. CTI, n. 120), recordándonos que el camino sinodal requiere la valentía propia de los mártires.