Por: Edgardo Guzmán, Cmf
Roma, Italia
22/02/2026

     Cada primero de febrero, la Congregación se detiene ante el testimonio de sus mártires. En la Provincia de Centroamérica, este ejercicio no es opcional: es una necesidad vital para no perder el norte de nuestra vocación misionera. Como bien señalaba Benedicto XVI: «La vida cristiana exige el ‘martirio’ de la fidelidad cotidiana al Evangelio». Esta fidelidad no es un esfuerzo estéril, sino la respuesta a una gracia que nos ha transformado.

1. El peligro de la “Gracia Barata”
Para entender el sacrificio de nuestros hermanos mártires, debemos rescatar la advertencia de Dietrich Bonhoeffer (pastor luterano y teólogo alemán, fue ejecutado por el régimen nazi el 9 de abril de 1945): «La gracia barata es la gracia sin seguimiento, sin cruz, sin Jesucristo vivo». A menudo, en la comodidad de nuestra rutina o en la inercia de nuestras estructuras, caemos en la tentación de vivir un cristianismo que no nos cuesta nada.

El martirio claretiano nos recuerda que la gracia es «a caro precio». Es cara porque llama al seguimiento; es gracia porque nos regala la verdadera vida. Los mártires no compraron su salvación con heroísmo; simplemente reconocieron que el Evangelio es ese tesoro escondido por el cual vale la pena venderlo todo, incluso la propia vida.

2. Los mártires: nos interpelan y animan
En nuestra realidad centroamericana, los mártires actúan como una luz que desnuda la verdad. Jon Sobrino afirmaba que ellos nos ponen frente a nosotros mismos sin escapatoria. Ellos iluminan las realidades más profundas de nuestro mundo y nos obligan a enfrentar los “ídolos” que siguen exigiendo víctimas inocentes.

Los mártires de claretianos, al igual que los mártires de nuestra tierra centroamericana, nos indican el camino del seguimiento de Jesús. Nos interpelan para que nuestra misión no se convierta en una burocracia, sino en una introducción viva en el misterio de Dios. Ellos nos enseñan que la fidelidad se construye antes de la prueba, en el silencio del fiat cotidiano, como lo hizo María.

3. La radicalidad en lo cotidiano
El mensaje del Padre General nos recuerda que nuestros mártires no eran superhombres, sino misioneros enraizados en el Corazón de María y con los ojos fijos en San Antonio María Claret. En ese Corazón aprendieron una fe que escucha y permanece. De nuestro Fundador heredaron un amor ardiente que los hizo libres para ofrecerse plenamente. Hoy, aunque no caminemos hacia un pelotón de fusilamiento, estamos llamados a esa misma libertad frente a las cargas de nuestra propia realidad: comunidades frágiles, recursos limitados, el cansancio o la soledad en la misión. Es ahí, en lo que la vida nos exige cada día, donde se nos pregunta: ¿Cómo estamos entregando nuestra existencia?

A la luz de nuestros mártires, dar la vida no es un evento mediático ni una búsqueda de reconocimiento. Al contrario, el martirio claretiano hoy se vive en la radicalidad de lo invisible:
 ¿Somos capaces de sostener la fidelidad en aquello que nunca será publicado en nuestras redes sociales?
 ¿Podemos encontrar nuestro “altar” en el servicio silencioso, en la paciencia con el hermano o en el cuidado de lo pequeño, sin esperar autoafirmación ni aplausos?
 ¿Estamos dispuestos a que nuestra entrega caiga, como la sangre de los mártires, en el anonimato de lo cotidiano?

   En definitiva, dar la vida hoy es permitir que nuestro ego muera al deseo de ser protagonistas, para que sea Jesús quien viva y se manifieste en nosotros. Es transformar nuestro cansancio en una ofrenda callada, sabiendo que la fecundidad de nuestra misión no se mide por el éxito visible, sino por la autenticidad de nuestra entrega en el silencio del día a día.

Que el testimonio de nuestros hermanos mártires nos impulse a vivir con mayor generosidad nuestra vida cristiana. Que su intercesión nos ayude a transformar nuestra fragilidad en testimonio y nuestra entrega callada se convierta en un evangelio viviente del Reino.