Por: Rafael Villalobos S.
San José, Costa Rica
18-01-26
“Huye a Egipto porque Herodes quiere matar al niño” Mt 2,13
Un pueblo expulsado de su tierra
En la Moskitia, territorio ancestral del pueblo miskito, la vida se ha vuelto cada vez más insegura. Comunidades enteras están siendo despojadas de sus tierras por actores armados y estructuras de poder que buscan apropiarse del territorio. Quienes se resisten son perseguidos, maltratados y, en no pocos casos, asesinados. La violencia sistemática ha sembrado miedo, duelo y desplazamiento forzado.
Ante esta realidad, muchas familias no han tenido otra opción que huir. Dejan atrás sus ríos, su selva, su modo de vida comunitario y su lengua, emprendiendo un camino incierto hacia Costa Rica en busca de protección y supervivencia.

Llegar y no encontrar descanso
El arribo a Costa Rica no significa el fin del sufrimiento. Después de una vida ligada al campo y a la naturaleza, estas familias se ven obligadas a vivir en cuartos estrechos y precarios, muchas veces hacinados, que deben alquilar en contextos de pobreza suburbana extrema.
Las dificultades son múltiples: el acceso a trámites migratorios es complejo y lento, la mayoría no habla español lo cual profundiza el aislamiento; los niños y niñas enfrentan enormes barreras para integrarse al sistema educativo; el acceso al trabajo digno es limitado y muchas veces marcado por la explotación; la discriminación, la xenofobia y la aporofobia se suman al dolor del desarraigo.
Las personas más vulnerables en este contexto son las mujeres —especialmente jefas de hogar—, la niñez y adolescencia, las personas adultas mayores, y quienes se encuentran en condición migratoria irregular. A todo ello se añaden profundas afectaciones emocionales y espirituales provocadas por la violencia vivida y la pérdida del hogar.

Acompañar desde la escucha y la cercanía
Desde el Centro Claretiano de atención al migrante (CECAM), como parte de JPIC, se ha venido acompañando de manera cercana y constante a estas familias indígenas miskitas. El primer gesto ha sido escuchar: acoger sus historias de dolor, pero también de esperanza y resistencia. Escuchar sus silencios, sus miedos y sus anhelos.
Este acompañamiento se ha concretado en múltiples acciones solidarias: apoyo con alimentos, ropa y medicamentos; mejoras en las condiciones de vivienda; procesos de capacitación en pequeños emprendimientos; presencia pastoral y acompañamiento humano continuo.
El clamor de la frontera
La misión se amplió cuando se tuvo conocimiento de un campamento en la frontera con Nicaragua, en el sector de Las Marías, Caño Negro, Los Chiles. Allí viven familias miskitas en condiciones de extrema vulnerabilidad, con acceso muy limitado a alimentos, salud y trabajo.
En una de las visitas, al preguntar a las familias cuáles eran sus necesidades más urgentes, los adultos guardaron silencio. Fue un niño quien levantó la voz y dijo con claridad desarmante: “comida… necesitamos comida… leche”. Ese grito se convirtió en llamado.

Solidaridad que devuelve dignidad
Unidos al Secretariado de Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, se impulsó una campaña solidaria para recolectar víveres, ropa, medicamentos, herramientas de trabajo agrícola, semillas, juguetes y otros insumos básicos.
La entrega de esta ayuda fue profundamente significativa. Más allá de los bienes recibidos, lo que quedó grabado fue la dignidad recuperada en los rostros, las sonrisas que volvían a aparecer, la certeza de no estar solos.
Redes que sostienen la esperanza
El desafío es inmenso y ninguna organización puede afrontarlo en solitario. Por ello, esta misión se vive en red, articulando esfuerzos entre la comunidad claretiana, laicos y laicas comprometidos, personas voluntarias, parroquias y organizaciones aliadas.
Buscamos trabajar de manera coordinada con el Secretariado de Movilidad Humana de la Conferencia Episcopal de Costa Rica, OSMECA, Cáritas, organizaciones de la sociedad civil, instituciones públicas y otras instancias dedicadas a la defensa de los derechos humanos y la movilidad humana.

Raíz claretiana de esta misión
El compromiso del CECAM se enraíza profundamente en el carisma claretiano: la itinerancia misionera, la audacia evangélica, la cercanía con los pobres y la lectura creyente de la realidad. Salir al encuentro de las personas migrantes allí donde la vida está más amenazada es una forma concreta y actual de encarnar el sueño de Claret de ser “misioneros sin fronteras”.
En medio del dolor y la injusticia, esta misión sigue afirmando que la última palabra no la tiene la violencia, sino la vida, y que la solidaridad organizada, evangélica y profética puede abrir caminos de esperanza allí donde todo parece perdido.