Por: Rafael Villalobos S.
San José, Costa Rica
24.11.2025

     La COP30, celebrada en Belém del 10 al 21 de noviembre, puso de manifiesto el peso determinante del sector empresarial dentro de los espacios oficiales. En las zonas Verde y Azul predominaban grandes corporaciones, bancos y lobbies que ofrecían sus soluciones tecnológicas como respuesta a la crisis climática. Fabricantes de autos eléctricos, empresas energéticas y entidades financieras mostraban alternativas “limpias”, pero orientadas sobre todo a proteger sus propios intereses económicos. Así, las discusiones principales se concentraron en temas como financiamiento, inversiones y “transición energética”, más que en cambios estructurales para cuidar la vida del planeta y de los pueblos.

Aunque el presidente de la COP30 (André Aranha Corrêa do Lago) insistió en pasar del discurso a la acción, los avances fueron limitados. La mayoría de los debates giraron en torno a quién debe financiar los esfuerzos contra la crisis climática, cuánto debe aportar cada país y cómo supervisar el cumplimiento de los compromisos. La noción de “adaptación” también generó críticas, pues da la impresión de resignarse a un planeta que se degrada, en vez de combatir las causas profundas del calentamiento.

En medio de esta dinámica, lo más consensuado dentro de la COP fue cómo mantener vivo el modelo económico vigente, apostando por una “transición energética” que en realidad exige aumentar la extracción minera y sostener un patrón de producción ilimitada. Una COP así deja muy poco espacio para escuchar las voces de quienes viven las consecuencias más duras de la crisis climática.

     Por su parte, la Cumbre de los Pueblos, un espacio paralelo impulsado por organizaciones sociales, movimientos indígenas, redes eclesiales, académicos y comunidades de base, levantó un mensaje más crítico y profético. Allí se rechazaron las “falsas soluciones” que buscan maquillar el sistema capitalista sin modificar su lógica de fondo. Se denunció que no puede haber extractivismo sostenible ni ganadería extensiva “verde”, y que tampoco es justa una transición energética sostenida por una mayor explotación de territorios indígenas y campesinos. Como recordó el papa Francisco, el actual modelo es “un sistema que mata”: destruye ecosistemas, culturas, y la vida misma. Estamos ante una sola crisis socioambiental.

Este espacio paralelo propuso transitar hacia modos de vida basados en la sobriedad, el buen vivir y el respeto a la Madre Tierra. Allí resuenan prácticas ya presentes en múltiples territorios: economía solidaria, agricultura ecológica, comercio justo, autonomías indígenas, turismo comunitario y movimientos que defienden los derechos de la naturaleza.

Esta visión conecta profundamente con la Misión Claretiana en Centroamérica, llamada a acompañar a los pueblos más vulnerables, a defender la casa común y a promover procesos comunitarios que integren fe, justicia y solidaridad.

En conclusión, mientras la COP oficial dejó un sabor a continuidad del sistema, la Cumbre de los Pueblos recordó que las verdaderas alternativas nacen desde abajo, desde los pueblos que cuidan la vida y desde la espiritualidad que inspira a caminar hacia una sociedad justa, solidaria y ecológica.