Por: Rolado Barreda, Parroquia Santísima Trinidad
Ernesto Bermúdez, Parroquia Guadalupe – Corazón de María

Managua, Nicaragua
25-4-202

     La Semana Santa, vivida en las comunidades misioneras claretianas de Nicaragua, se convierte en un tiempo privilegiado de encuentro con Cristo, donde la fe se fortalece en medio de la sencillez, los desafíos y la vida comunitaria. A través de distintas realidades, los fieles experimentan un mismo llamado: acompañar a Jesús en su pasión, muerte y resurrección.

     Una de estas experiencias se desarrolló en la Parroquia Santísima Trinidad de Pueblo Nuevo, donde el Domingo de Ramos marcó el inicio del camino. Desde tempranas horas, fieles de los distintos sectores se reunieron en el campo del templo para compartir y bendecir sus palmas. Fue un momento de alegría, esperanza y profunda reflexión, vivido en comunión y respeto por toda la comunidad.

Durante la semana, los adolescentes y jóvenes de confirmación tuvieron un papel especial al celebrar su Vía Crucis el Miércoles Santo. En esta vivencia reconocieron a Jesús como amigo y compañero de camino, fortaleciendo la fraternidad junto a su párroco.

     El Jueves Santo estuvo marcado por la celebración de la institución de la Eucaristía. El misionero párroco, Jorge Luis Morales, vivió con especial emoción su primera misa de este día junto a la comunidad, agradeciendo a Dios por su vocación. La celebración incluyó el lavatorio de los pies a doce personas, entre adolescentes y jóvenes, signo del servicio y la entrega cristiana.

El Viernes Santo se vivió con solemnidad a través de un Vía Crucis marcado por el silencio, la oración y la contemplación del sacrificio de Cristo. Finalmente, la Vigilia Pascual reunió a toda la comunidad en una sola expresión de fe, celebrando el paso de la oscuridad a la luz mediante los signos del fuego, la Palabra, el agua y la Eucaristía.

     Una segunda experiencia, igualmente significativa, tuvo lugar en la parroquia Guadalupe – Corazón de María, en Managua, donde la vivencia de la Cuaresma y la Semana Santa estuvo marcada por circunstancias muy particulares que pusieron a prueba la fe y la entrega de la comunidad.

Con un solo presbítero misionero, el padre Fabio Rivas CMF, junto al hermano Juan Bautista Gutiérrez CMF, la parroquia organizó sus celebraciones distribuyendo las actividades entre sus dos templos. Sin embargo, el templo Corazón de María se encuentra en proceso de renovación total de su techo, debido a su avanzado deterioro, lo que obligó a trasladar muchas celebraciones a un área techada contigua.

     Así, gran parte de la Cuaresma, incluyendo solemnidades importantes y las celebraciones de Semana Santa, se vivieron en condiciones sencillas, marcadas por el calor, la limitación del espacio y las incomodidades propias de una obra en proceso. Sin embargo, lejos de ser un obstáculo, esta situación se convirtió en una oportunidad para vivir con mayor profundidad el sentido del sacrificio, la paciencia y la confianza en la providencia de Dios.

Cada dificultad fue asumida con fe por la comunidad, que continúa apoyando las obras con generosidad y esperanza, confiando en que todo será para mayor gloria de Dios. Esta experiencia recuerda que la Iglesia no se limita a sus estructuras físicas, sino que se construye en el corazón de los fieles que perseveran, oran y caminan juntos.

     Ambas vivencias reflejan el espíritu misionero claretiano: una fe encarnada en la realidad concreta de las comunidades, capaz de florecer tanto en la solemnidad de las celebraciones como en medio de las limitaciones. En cada gesto, en cada oración y en cada esfuerzo compartido, Cristo sigue caminando con su pueblo.