Costa Rica
18-4-2026

     La Semana Santa 2026 dejó en los Misioneros Claretianos en Costa Rica una profunda experiencia de fe vivida en contextos diversos, donde el Evangelio se encarna en rostros concretos, historias reales y comunidades llenas de esperanza.

En las comunidades rurales de La Cima y Copey, en Santa María de Dota, la misión se vivió al ritmo de la sencillez campesina. Entre celebraciones litúrgicas, visitas a los hogares, acompañamiento a niños y jóvenes, y el sacramento de la reconciliación, los misioneros descubrieron que uno de los mayores regalos es la cercanía con la gente: escuchar sus luchas, compartir su fe y orar con ellos. La vivencia comunitaria, marcada por la generosidad y la fe arraigada, dejó un corazón profundamente agradecido.

     Más al sur, en Ciudad Neily, la misión tomó el rostro de una Iglesia en salida, acompañada por misioneros y laicos. Allí, la visita a familias y enfermos, junto con la animación de la fe en comunidades vivas, recordó el testimonio de los primeros cristianos. Fue una experiencia marcada por la alegría sencilla y el compromiso evangelizador, donde cada encuentro revelaba el amor de Dios presente en la vida cotidiana.

     En la frontera norte, en Las Mercedes de Upala, la misión se convirtió en signo de solidaridad y esperanza. Entre familias nicaragüenses exiliadas y comunidades organizadas con fuerte liderazgo laical, la fe resiste y florece en medio de la adversidad. Acompañados por los jóvenes de JUCLA, que participaron activamente en las visitas, celebraciones y animación comunitaria, la experiencia se enriqueció con su entusiasmo y cercanía. La solidaridad con los más vulnerables y la celebración de los sacramentos recordaron que la esperanza cristiana no se apaga, incluso en el exilio.

     Finalmente, en la ciudad —San Francisco de Goicoechea y Barrio Amón— la Semana Santa reveló otro desafío: anunciar a Dios en medio del silencio urbano, el secularismo y la rutina. Aunque muchos se ausentan, quienes permanecen buscan espacios de encuentro más serenos.

Los fenómenos sociales de estos tiempos, que convergen en las zonas urbanas, como, por ejemplo, el secularismo y el alejamiento de la fe, que ya no se pueden disimular, hacen muy desafiante el poder celebrar la Pascua del Señor, con las comunidades que acompañamos en el día a día. El “agotamiento” o el “desgaste”, “la inercia”, “la rutina” y la “pérdida del mundo simbólico” que sobreabunda durante las celebraciones de esta semana, suponen un esfuerzo adicional para ayudar a los hermanos a recuperar el sentido de estas. Lo cierto es que también en la ciudad, Dios sigue caminando con su pueblo, desafiándonos, como decía el Papa Francisco, a encontrarle en su ausencia.