Por: Edgardo Guzman, Cmf
Roma, Italia
22-4-2026

     Con toda la Iglesia, Pueblo santo de Dios, proclamamos que el Señor ha vencido la muerte; sostenemos que la injusticia, el odio y el mal no tienen la última palabra. El amor es más fuerte. Sin embargo, como afirmó el Cardenal Carlo María Martini, quien fuera Arzobispo de Milán: «En la Pascua de este año somos más conscientes que en otros años de la distancia que parece existir entre el grito de alegría pascual que proclama: «Cristo ha resucitado de entre los muertos, a todos ha dado la vida», y las dolorosas noticias de guerra, de refugiados, de hambre y de desesperación que nos alcanzan a cada momento. Pero precisamente por esto, más que en otros años, sentimos la necesidad de un anuncio que, enfrentándose a la muerte, nos diga que la muerte no es la meta final de la existencia».

El misterio pascual es el centro de nuestra fe cristiana porque, como advierte san Pablo: «Si el Mesías no ha resucitado, es vana nuestra fe» (1 Cor 15,14). Este versículo no es solo una doctrina, sino la gran afirmación de la esperanza cristiana, el fundamento último de nuestra vida y el núcleo de nuestra espiritualidad. Sin embargo, esta fe no puede quedarse en una idea abstracta; por eso, como recordaba Ignacio Ellacuría, SJ, el desafío cristiano es «vivir como resucitados en la historia».

     Esto implica que la resurrección de Jesús se puede —y se debe— pregustar en el presente a través del seguimiento comprometido. No basta con celebrar el rito ni caer en alienaciones o en un «espiritualismo de la resurrección» desvinculado de la realidad (Cf. J. Sobrino, La fe en Jesucristo, 35-37). Al contrario, estamos llamados a encarnar lo que san Ignacio de Loyola denominaba «los santos efectos de la Pascua».

Entender que la Resurrección tiene incidencias reales en nuestra historia es una gracia que debemos pedir de modo especial: la de «alegrarnos y gozar intensamente con el Señor Resucitado», experimentando en carne propia los efectos de su vida nueva. Este consuelo que trae el Viviente surge precisamente tras atravesar la oscuridad del sábado: después de la incertidumbre, el llanto y la angustia, emerge la experiencia sorprendente del sepulcro vacío. Como relata el evangelista Marcos, ante el miedo de las mujeres, el anuncio es claro: «No tengan miedo. Ustedes buscan a Jesús Nazareno, el crucificado. No está aquí, ha resucitado. Miren el lugar donde lo habían puesto. Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de ellos a Galilea. Allí lo verán, como les había dicho» (Mc 16, 5-7). Es este encuentro el que nos moviliza a volver a nuestra propia «Galilea», nuestra vida cotidiana y nuestra historia, para verle allí caminando delante de nosotros.

Los relatos de la resurrección insisten en presentar que el resucitado es el crucificado. La resurrección no es como una especie de final feliz: es la gran manifestación del Dios de la vida que hace justicia a las víctimas inocentes. Esta es una verdad profunda que tendría que revolucionar nuestra propia vida. Los cristianos nos rebelamos no solo ante los poderes de este mundo, nos rebelamos también ante la muerte. Tal convicción ha de suscitar en nosotros un compromiso radical por defender y cuidar la vida. Como cristianos no podemos quedarnos indiferentes ante el dolor y el sufrimiento de nuestros hermanos. Nos tendría que doler el corazón tanta violencia y muerte. Un cristiano que cree y vive la resurrección no podría acostumbrarse ante tantas situaciones de injusticia y desigualdad.

     El Señor resucitado nos otorga su paz, es otro efecto de la Pascua. El Viviente nos pacifica y nos da su Espíritu para que seamos constructores de paz. En la Biblia la paz no es la simple ausencia de guerras o de conflictos; el término hebreo shalom representa plenitud, integridad, bienestar total y armonía que brota de una profunda reconciliación con Dios y los hermanos. El Señor resucitado regresa no para reprochar a sus discípulos sus limitaciones y fallos, o el haberle abandonado. No viene para culpabilizarlos con palabras vindicativas. Viene ofreciendo su paz, reconciliando, sanando la culpabilidad. ¡Qué urgencia tenemos de comunicar esta buena noticia en nuestra Provincia!

El Señor resucitado nos llama y nos envía. En los textos evangélicos pascuales descubrimos que Jesús envía a sus discípulos para que den testimonio de la resurrección; pero este envío no es una orden externa, sino el fruto de una vivencia interna. Como a los discípulos de Emaús, el Señor «nos explica las Escrituras y parte para nosotros el pan», y es precisamente ese gesto el que hace arder nuestros corazones.

Esta experiencia de encuentro con el Resucitado es la que nos otorga la mística necesaria para la misión. Somos cristianos porque creemos que Jesús ha vencido a la muerte y está vivo en medio de nosotros, presente en la historia como fuente de una vida siempre nueva. Él es el garante de la dignidad humana en cada ocasión y contra toda evidencia del mal. Por eso, el Resucitado es el horizonte que necesitamos en todo lo que somos y hacemos: el corazón de cada realidad y la sacudida –ese impulso imparable– a favor del ser humano, que desde esta esperanza ya no debe detenerse ante ningún obstáculo.