Por: P. Fabio Rivas, cmf
Managua, Nicaragua
23/02/2026

     “Por medio de la ley he muerto a la ley para vivir para Dios. He quedado crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Y mientras vivo en carne mortal, vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”. 1

El tiempo litúrgico de cuaresma es un momento de gracia que nos permite vivir en sintonía con Dios desde la escucha de la Palabra de Dios y la práctica de las virtudes ascéticas (ayuno, oración y caridad) que evocan en el interior la capacidad de ser mejores personas, mejores cristianos; todo con el fin de vivir un proceso de conversión más coherente y transparente.

La cuaresma hace vibrar el corazón, el corazón de Dios por su misericordia y el nuestro por la necesidad de encontrarnos con Él en medio de nuestra fragilidad. Como herederos de un carisma cordi-mariano, el corazón vibrante no es algo nuevo, es nuestro ADN Claretiano. Para San Antonio María Claret, en su experiencia apostólica lo define como: … es un hombre que arde en caridad y que abrasa por donde pasa… 2 Es la síntesis del espíritu de nuestro fundador, un profundo deseo de vivir en constante vibración del corazón para con la humanidad siempre herida y fragmentada. El Papa León XIV en su mensaje cuaresmal 2026, lo dice con estas palabras que tocan la esencia de este tiempo en la Iglesia; en su texto dice que, “Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón”. 3 En efecto, este es el tiempo de la atracción de Dios hacia todos nosotros sus hijos, a veces cansados y agobiados por el vaivén de la cotidianidad y la falsa ilusión de vivir la fe con meros pragmatismos faltos de amor, compasión y misericordia.

     Este tiempo nos evoca a hacer una oración sincera, hablar con Dios de manera que nos sintamos a gusto con Él. La cuaresma como camino de desierto y desolación es una oportunidad para darnos tiempo a nosotros mismos, no como algo egoísta que nos aísle, al contrario, para tomar conciencia de lo que no estamos haciendo bien y volver empezar. Las mortificaciones o abstinencias referente al ayuno deben ser experiencias que mejoren la vida cotidiana, así lo expresa el santo padre León XIV: “Pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación”. 4

     Por último, entender y practicar la caridad en este tiempo solo se comprende desde la auténtica mortificación. Para Claret esto fue fundamental en su vida de arder en caridad… Él lo define de este modo: “Procuraré privarme de todo gusto para dárselo a Dios… aunque fuese una cosa pequeña me obligaba a seguir, lo que entendía era del agrado de Dios, y yo con mucho placer me abstenía de aquel gusto para dar gusto a Dios… en la comida, bebida, descanso, en el hablar, oír, ir a alguna parte, etc.”. 5 Que este tiempo cuaresmal lo vivamos con intensidad como misioneros y misioneras del Espíritu, que nuestro corazón se vulva a encender con la llama del amor de Dios y vibre fuertemente para que otros también se encuentren con el Resucitado, el Cristo pascual, con el Dios de la liberación.