Por: P. Edgardo Guzmán, cmf
Roma, Italia
22.12.2025

     Participando en la novena de Navidad que organizan las Misioneras de San Antonio María Claret con nuestros hermanos y hermanas en situación de calle y vulnerabilidad en las cercanías de la Plaza de San Pedro, escuché una oración que brotó del corazón. Al recibir al Niño Jesús, una mujer llamada Azzurra exclamó: “Señor, que en este próximo año podamos vivir plenamente los frutos de este Jubileo de la Esperanza”.

Esta súplica, nacida en el frío de una noche romana, adquiere una relevancia única al prepararnos para el cierre del Año Santo y resuena con una fuerza especial al aplicarla a nuestra realidad en Centroamérica. En nuestra región, donde la sociedad a menudo solo ve cifras de violencia, flujos migratorios o abandono, la esperanza no es un sentimiento ingenuo, sino un acto de resistencia profética y un don del Espíritu. Es una realidad que se hace palpable y que he podido constatar desde el corazón de periferias tan crudas como la Capellanía de Migrantes Latinoamericanos y la cárcel de mujeres de Roma: allí, donde el dolor es profundo, la esperanza no es una teoría, sino una presencia viva que sostiene la existencia. Es, en esencia, una invitación a vivir los frutos del Jubileo desde una esperanza que late y resiste desde abajo.

La esperanza como resistencia: de la Plaza de San Pedro a Centroamérica Vivir los frutos del Jubileo, inspirados por el clamor de Azzurra, adquiere un significado profundo en cualquier rincón de nuestra Centroamérica donde la vida parece estar amenazada. Su oración nos revela que, en los contextos de mayor marginalidad, la esperanza no es una espera pasiva por un cambio de suerte, sino la certeza inquebrantable de que el Dios de la Vida no es indiferente al grito de su pueblo.

     En las situaciones de pobreza extrema y exclusión, marcadas en nuestra región por la precariedad y el rostro del migrante en tránsito, el testimonio de Azzurra se encarna en la capacidad de reconocer en ese Niño Jesús frágil – que también fue un desplazado huyendo de la violencia – a un Dios que se hace uno de nosotros para devolvernos nuestra dignidad. El fruto aquí no es una ayuda material pasajera, sino la dignidad recuperada: la revelación de que, ante los ojos del Padre, nadie que sobrevive en la vulnerabilidad de nuestras periferias o caminos es invisible. Es la esperanza de saberse hijo y no sobrante, un sujeto con derechos y voz en una sociedad que tiende al descarte.

Asimismo, en los ámbitos de encierro y abandono social, como la cárcel o los barrios estigmatizados, la súplica de Azzurra por los frutos del Jubileo se traduce en humanización y horizonte. Para quien se siente atrapado por las estructuras de la violencia o el olvido, la esperanza es la luz que permite mirar más allá de los muros físicos y los prejuicios. Es la fe que permite constatar que las circunstancias presentes, por dolorosas que sean, no definen la totalidad del ser humano. Aquí, el fruto del Jubileo es creer en la capacidad de transformación y en una misericordia que restaura la paz interior, recordándonos que ninguna situación de precariedad debe anular la posibilidad de una vida nueva nacida desde la resiliencia y la fe.

Un Jubileo de puertas abiertas en nuestras comunidades El Papa Francisco nos ha llamado a ser “Peregrinos de Esperanza”. Este testimonio de Azzurra nos enseña que, en Centroamérica, vivir los frutos de este año implica:

Reconocer la presencia de Dios en la vulnerabilidad: Dios no solo visita nuestras periferias marcadas por la exclusión; Él habita en ellas, en el rostro del desplazado y del humilde. Es allí donde la esperanza echa raíces profundas.

     Caminar juntos (Sinodalidad): La esperanza se fortalece en la comunidad, en la mano extendida al que pasa y en la oración compartida que rompe las cadenas del miedo y la indiferencia. Es un fruto que se comparte y se multiplica.

Transformar el dolor en intercesión y compromiso por la justicia: Como Azzurra en la plaza, transformar el sufrimiento de nuestra región en una oración comprometida por un futuro de paz para todos que se traduce en el compromiso por la justicia.

En definitiva: Vivir los frutos del Jubileo de la Esperanza en nuestra tierra centroamericana significa trabajar por una paz estable, una justicia social y una fraternidad que derriba muros. En medio de la oscuridad de la violencia o la falta de oportunidades, es la fe de los más sencillos la que sigue encendiendo luces de solidaridad y humanización.

Que la oración de Azzurra sea la nuestra: que este año no pase en vano, sino que nos permita encarnar la esperanza allí donde el dolor es más profundo, recordándonos que, mientras haya un “Sí” a Dios nacido desde abajo, siempre habrá un futuro nuevo por nacer en Centroamérica.